A menudo estamos tan ocupados que, cuando surge la oportunidad de no hacer absolutamente nada, la sensación no es de alivio, sino de incomodidad. Vivimos acelerados, impulsados por la adrenalina de la productividad, pero secretamente anhelamos un descanso que, cuando llega, no sabemos cómo gestionar.
¿Te ha pasado? Un fin de semana lluvioso, planes cancelados y, de repente, el pánico: «¿Y ahora qué hago?». En lugar de descansar, deambulamos por la casa buscando «algo útil» que justifique nuestra existencia. Sin embargo, expertos sugieren que vencer esa resistencia inicial y entregarse al aburrimiento podría ser la mejor medicina para nuestro cerebro.
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La renuencia a bajar el ritmo no es inusual. De hecho, la ciencia ha demostrado que los seres humanos subestimamos cuánto podemos disfrutar de la inactividad. Tenemos una tendencia innata a preferir hacer algo, incluso si ese algo es desagradable, antes que enfrentarnos a la nada.
Un estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Harvard lo demostró a un nivel extraordinario: al darles a elegir entre sentarse a solas con sus pensamientos durante tan solo 6 a 15 minutos o recibir una descarga eléctrica, los participantes prefirieron recibir la descarga.
La culpa de las «manos ociosas»
¿Por qué tenemos tal aversión a la ociosidad? Según Gabrielle Treanor, autora de The 1% Wellness Experiment, en la actualidad ni siquiera se nos ocurre que no hacer nada es una opción.
«Hoy en día siempre hay algo que nos ocupa. Estamos conectados a todo todo el tiempo», explica Treanor. «Las redes sociales nos bombardean constantemente con ideas: decorar la casa, visitar lugares nuevos, probar cosas nuevas».
A esto se suma un factor de peso: la culpa. Estar ocupado se ha convertido en un símbolo de estatus y superioridad moral. «Muchos crecimos con la frase ‘el diablo encontrará trabajo para las manos ociosas'», señala la autora. La presión por ser el empleado perfecto, el padre ideal o el amigo siempre presente hace que sea casi imposible aceptar estar quieto, aunque sea por un rato.

El aburrimiento como motor creativo
Sin embargo, al huir del aburrimiento, estamos huyendo también de nuestra propia genialidad. Sandi Mann, psicóloga de la Universidad de Lancashire y autora de The Science of Boredom, descubrió en su investigación que el aburrimiento, lejos de ser negativo, nos hace más creativos.
En un experimento, Mann pidió a un grupo de personas que realizara la tediosa tarea de copiar números de una guía telefónica. Al terminar, se les pidió que idearan usos para un vaso de plástico. Este grupo superó con creces al grupo de control en creatividad. Pero hubo un segundo grupo al que se le dio una tarea aún más aburrida: simplemente leer los números en voz alta. Este grupo fue el más creativo de todos.

¿Qué pasa en el cerebro cuando no hacemos nada?
«Cuando estamos aburridos, nuestro cerebro busca frenéticamente estimulación neuronal», explica Mann. Si no encuentra esa estimulación en el exterior (en el móvil, en la TV, en el trabajo), el cerebro comienza a buscarla internamente.
Aquí es donde ocurre la magia: comenzamos a soñar despiertos. La mente divaga. Al «desconectarnos», el cerebro accede a lo que se llama la red neuronal por defecto. «Es un estado semiconsciente que permite al cerebro hacer conexiones y proponer ideas que no se le habrían ocurrido estando más alerta», dice la psicóloga.
Cuando estamos totalmente ocupados y racionales, nuestra mente crítica dirige el espectáculo, censurando ideas «tontas». Pero al soñar despiertos, esa inhibición desaparece. La mente es libre de vagar fuera de la caja, encontrando soluciones y chispazos de imaginación que el estrés de la rutina mantiene bloqueados.
Así que la próxima vez que se cancelen tus planes, no busques el control remoto ni el teléfono. Siéntate, mira una planta, abúrrete un poco. Tu cerebro te lo agradecerá.
The Guardian / NotiPrimicia
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