Uno de los aspectos más reveladores del reciente trabajo de ANOVA Policy Research, reseñado por Banca y Negocios, no es únicamente la persistencia de la intención migratoria entre los venezolanos, sino la brecha que parece haberse abierto entre las expectativas económicas que emergieron a inicios de 2026 y la realidad percibida por la población al aproximarse el cierre del año.
El estudio señala que la propensión a emigrar persiste a pesar de la mejora de las expectativas económicas observada tras los acontecimientos del denominado «3E», al tiempo que cerca de 890.000 venezolanos mantienen una intención clara de abandonar el país y una proporción significativa ya cuenta con planes concretos para hacerlo.
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Quizás el concepto más importante para interpretar estos resultados sea el de la disonancia entre expectativas y resultados.
A comienzos de año parecía consolidarse la percepción de que Venezuela podría transitar una senda de recuperación más robusta.
En distintos sectores económicos y sociales se instaló la expectativa de una normalización gradual, una mayor estabilidad y una recuperación capaz de traducirse en mejoras perceptibles sobre el bienestar de los hogares.
Sin embargo, conforme avanzó el año y particularmente al aproximarnos al último trimestre de 2026, muchos venezolanos parecen haber contrastado esas expectativas con una realidad mucho más modesta.
La migración no responde únicamente a la situación económica actual, sino también a las expectativas sobre el futuro.
Una mejora no percibida por la mayoría
La economía puede haber evitado escenarios más adversos, pero para una parte importante de la población la mejora percibida no parece haber sido suficiente para alterar decisiones fundamentales de vida.
Esto resulta especialmente relevante porque la migración no responde únicamente a la situación económica actual, sino también a las expectativas sobre el futuro.
Cuando las expectativas mejoran, las personas tienden a posponer decisiones drásticas a la espera de un entorno más favorable. Cuando la realidad no confirma esas expectativas, aparece una sensación de frustración que puede incluso reforzar la intención de emigrar.
En este contexto, el mercado laboral emerge como el principal mecanismo mediante el cual esa disonancia se manifiesta. La encuesta muestra una aparente paradoja: quienes tienen empleo son precisamente quienes presentan una mayor probabilidad de contar con planes concretos para emigrar.
Según el análisis de Omar Zambrano, tener un empleo regular aumenta significativamente la probabilidad de haber desarrollado un plan efectivo de salida del país.
Una paradoja aparente
Sin embargo, esta paradoja solo existe en apariencia. El hallazgo constituye, en realidad, una evidencia muy poderosa de la precariedad del actual modelo económico.
En una economía dinámica y con perspectivas favorables, el empleo funciona como un mecanismo de arraigo. Los individuos conservan sus puestos de trabajo porque éstos representan una fuente de progreso, movilidad social y construcción patrimonial.
En cambio, cuando los empleos son incapaces de generar una trayectoria de prosperidad, pasan a cumplir una función completamente distinta: financiar la salida.
El trabajo deja de ser el proyecto de vida y se convierte en el instrumento para abandonarlo. La remuneración obtenida permite reunir recursos para trámites migratorios, transporte, documentación y establecimiento inicial en otro país.
El empleo ya no representa una razón para quedarse, sino una plataforma para marcharse. Lo verdaderamente preocupante no es que quienes carecen de empleo quieran emigrar. Lo dramático es que quienes sí lo tienen tampoco vislumbran suficientes oportunidades de futuro.
La educación incrementa la empleabilidad, mejora el acceso a información, amplía redes profesionales y reduce los costos de adaptación en otros países.
La grave pérdida de capital humano
Más revelador aún es el perfil educativo de quienes desean partir. El estudio encuentra que los potenciales migrantes poseen niveles de escolaridad superiores al promedio nacional y que los planes más concretos de emigración tienden a concentrarse entre individuos relativamente mejor preparados académicamente.
Tampoco se trata de un resultado sorprendente. La educación incrementa la empleabilidad, mejora el acceso a información, amplía redes profesionales y reduce los costos de adaptación en otros países.
Quienes han invertido más años en capital humano suelen identificar con mayor claridad las oportunidades fuera de las fronteras nacionales y poseen una mayor capacidad para materializar proyectos migratorios. Sin embargo, precisamente por ello el fenómeno resulta especialmente preocupante.
No se trata simplemente de una pérdida de población. Se trata de una potencial pérdida de capital humano.
Desde una perspectiva de crecimiento económico, las economías modernas no prosperan únicamente gracias a la acumulación de capital físico o recursos naturales. Lo hacen gracias al talento, la innovación, las capacidades profesionales y la productividad de su fuerza laboral.
Cuando los individuos relativamente más formados son quienes visualizan con mayor claridad un futuro fuera del país, la recuperación económica futura enfrenta una restricción adicional: la erosión progresiva de la base de capital humano que debería liderarla.
Una narrativa agotada
Por ello, la reflexión más importante que deja el trabajo de ANOVA Policy Research quizás no sea estrictamente migratoria.
Lo que parece estar reflejando la encuesta es el agotamiento de una narrativa de recuperación que todavía no logra traducirse en oportunidades suficientemente atractivas para una parte importante de la población.
La verdadera señal de recuperación no será una mejora puntual de indicadores macroeconómicos ni una moderación temporal de ciertas presiones económicas.
La verdadera señal llegará cuando el empleo vuelva a convertirse en una razón para quedarse, cuando los salarios permitan construir proyectos de vida sostenibles y cuando el talento más calificado perciba que sus mejores oportunidades se encuentran dentro del país y no fuera de él.
Mientras esa transformación no ocurra, la distancia entre las expectativas y la realidad seguirá alimentando una disonancia que termina expresándose en la forma más contundente posible: la decisión de emigrar.
Banca y Negocio / NotiPrimicia
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