La fluctuación del dólar se ha convertido en una fuente de angustia constante que aflige la cotidianidad de los venezolanos. Esta inestabilidad genera una gran preocupación en los ciudadanos, quienes se ven envueltos en la incertidumbre de no saber qué pasará con sus finanzas. La sensación es similar a un temblor de miedo, donde el suelo que pisamos, que en este caso es la economía personal, parece moverse sin control.
El impacto de esta situación se ha acentuado en los últimos meses y la ansiedad también se ha estado intensificando a raíz de esto. Proveedores, comerciantes y ciudadanos luchan a diario para seguir adelante en medio de un panorama que muchos consideran como crítico y anormal.
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Para los comerciantes, la brecha cada vez mayor entre el dólar oficial y el paralelo es una traba constante que disminuye las ganancias y complica la reposición de inventarios. Fijar precios se ha convertido en un ejercicio de supervivencia, donde un cálculo errado puede significar la pérdida del capital que tanto esfuerzo ha costado mantener.
La devaluación de la moneda golpea directamente el poder adquisitivo, haciendo que muchos sientan que es como «empezar de cero» cada vez que el valor del dólar se dispara. Este escenario trae consigo un notable disgusto y la sensación de que el esfuerzo diario se pierde.
Batalla diaria
Esta batalla diaria se extiende a una parte de la sociedad que ve cómo su salario en bolívares pierde valor de forma dramática. Actividades tan sencillas como hacer mercado se han convertido en una fuente de estrés, obligando a las familias a estar en un perpetuo «modo supervivencia». La situación ha forzado a vivir en una economía del día a día, donde la planificación a futuro es un lujo impensable, y la sensación general es la de habitar en una normalidad fracturada, muy lejana a la de una economía estable.
Esta crisis económica ha puesto a reflexionar a muchos. El aumento de los costos y la desvalorización del bolívar mantienen al mercado en un desbalance constante, afectando principalmente los artículos de primera necesidad. La sociedad venezolana, aunque ya está familiarizada con la inestabilidad, no deja de sentir el peso de una carga que va en aumento y que deteriora no solo el bolsillo, sino también la tranquilidad.
Ante la sostenida pérdida de valor de la moneda nacional, el venezolano halló un refugio pragmático en la divisa extranjera, principalmente el dólar estadounidense. Lo que comenzó como una respuesta de emergencia, se ha consolidado en una dolarización transaccional de facto, un fenómeno que, si bien evitó el colapso total, se ha convertido en una nueva fuente de zozobra y desigualdad.
Confusión del consumidor
Esta situación genera una confusión constante. Los precios se cotizan en dólares, pero muchos sueldos se pagan, al menos en parte, en bolívares que se devalúan diariamente. La población debe realizar una doble contabilidad mental que la obliga a estar en vigilancia perpetua de la tasa de cambio. La sensación es que la economía no tiene un suelo firme, sino una alfombra cambiaria que se mueve a diario, haciendo que la planificación a largo plazo sea una ilusión impensable. Para el ciudadano común, la dolarización no trajo paz, sino una ansiedad anclada a una divisa que tampoco está bajo su control.
La fluctuación constante del tipo de cambio ha trascendido lo financiero para instalarse como un problema de salud pública. Este es el corazón de la ansiedad cambiaria. La inestabilidad genera una gran preocupación en los ciudadanos, quienes viven atrapados en la incertidumbre de no saber si el ingreso de hoy valdrá la mitad mañana.
Este impacto se ha acentuado en los últimos meses. La lucha diaria por mantener el nivel de vida en medio de un panorama que muchos califican como crítico y anormal drena las energías y deteriora el bienestar mental. La devaluación es un golpe directo al poder adquisitivo, haciendo que muchos sientan que cada subida del dólar es un retroceso, una especie de «empezar de cero» constante que nadie puede detener. El disgusto social es notorio; es la frustración de saber que el esfuerzo y el trabajo no se traducen en seguridad económica.
Para entender el costo humano de esta volatilidad, es crucial la visión de los expertos en salud mental.
Salud mental
Conversando con el psicólogo Moises Gomez comentó: «Las personas están en un estado de hipervigilancia crónica,» explica Gomez. «Los venezolanos viven constantemente chequeando el celular para ver la tasa de cambio”. Hay una pérdida de control absoluto sobre la variable más importante de su vida: el valor de su dinero. Esto se manifiesta con insomnio, irritabilidad y, especialmente, con el síndrome del ‘burnout’ financiero, donde la persona está agotada mentalmente por la carga de resolver una crisis que no tiene fin.
El especialista concluye con una crítica clara: «La inestabilidad nos ha obligado a ser planificadores de solo 24 horas. Hemos perdido el horizonte a largo plazo, y eso, a nivel emocional, es devastador para la construcción de un proyecto de vida.»
La ansiedad no solo afecta al consumidor y al trabajador; golpea con dureza a quienes intentan mantener la economía productiva. Para la empresaria Rosa Sarmiento, dueña de una fábrica de productos de limpieza en Ciudad Ojeda, la lucha diaria es contra la incertidumbre de los costos.
«Nosotros luchamos a diario para seguir adelante en este panorama que es, simplemente, anormal», también añadió: «Cuando el dólar sube, nuestros insumos importados, la materia prima y los envases, se disparan. Pero no podemos trasladar ese costo al precio final en tiempo real, porque el mercado ya es sensible y la gente no tiene el poder adquisitivo.»
Balance economico
La empresaria describe una realidad de constante desbalance: «Fijar precios es un ejercicio de supervivencia. El riesgo es constante. Un cálculo erróneo significa que reponer el inventario costará más de lo que vendiste, y pierdes capital. No se trata solo de vender, se trata de preservar el patrimonio en un ambiente de devaluación permanente. El disgusto que sentimos es el de trabajar incansablemente para solo mantener la cabeza fuera del agua.»
Para un economista que se entrevistó, la raíz de la ansiedad no reside en el dólar en sí, sino en la errática política monetaria que intenta contenerlo. La intervención gubernamental, si bien busca una estabilidad nominal, no ataca los problemas de fondo.
El economista puntualiza: «El gobierno inyecta divisas para contener la subida del dólar, creando una calma artificial que es insostenible. Esta calma dura poco y solo pospone la inminente corrección. El ciudadano lo sabe, y por eso el mercado se mantiene en un estado de hipervigilancia, esperando el inevitable temblor de la próxima escalada. Esta gestión genera una incertidumbre más dañina que la inflación misma.»
Confianza
Añade una crítica a la falta de confianza: «Lo que está roto es la credibilidad en la moneda local. El bolívar ya no es una reserva de valor; es una pérdida segura. Mientras no existan políticas que estimulen la producción y generen confianza real en las instituciones, la población seguirá dependiendo del dólar, perpetuando el ciclo de zozobra.»
La brecha entre quienes tienen acceso a divisas y quienes solo perciben bolívares ha generado una profunda desigualdad social que exacerba la ansiedad. El salario mínimo oficial, ajustado con lentitud y anclado a la moneda local, ha quedado completamente pulverizado.
El trabajador del sector público, el pensionado y el jubilado, dependen de ingresos que, en el mejor de los casos, representan una miseria en dólares al mes. Este grupo vive con la certeza de la devaluación diaria del único dinero que reciben legalmente, obligándolos a depender de bonificaciones esporádicas o a recurrir a segundos y terceros empleos –el llamado «rebusque»– en una carrera interminable contra la inflación. Esta situación agrava la pobreza laboral y erosiona la capacidad de planificación. La ansiedad aquí tiene nombre y apellido: hambre e imposibilidad de pagar medicinas.
Vida diaria
El esfuerzo extenuante para sostener la vida diaria se ha convertido en una característica central del venezolano. La psicóloga lo define como un ciclo agotador: «El ‘rebusque’ no es solo un mecanismo económico; es un mecanismo psicológico de afrontamiento. La persona se enfoca tanto en el día a día, en la micro-solución (vender algo, hacer un viaje extra, buscar un cliente en dólares), que evita procesar la magnitud real de la crisis. Pero este estado de lucha constante es agotador. Se vive en modo supervivencia perpetuo, y el precio es un desgaste emocional masivo que inevitablemente termina en un colapso.»
Esta crítica se centra en que la sociedad se ha visto obligada a normalizar un nivel de estrés que no es sano ni sostenible, manteniendo una normalidad fracturada donde la estabilidad emocional es el primer sacrificio.
La situación deja de ser un simple problema económico para convertirse en una crisis de confianza y salud mental. El temblor en el bolsillo del venezolano es una manifestación directa de la falta de certeza en el futuro. La dolarización, aunque útil como paliativo, ha expuesto una profunda desigualdad y ha impuesto una vida de hipervigilancia forzosa.
Para la empresaria, el comerciante y el ciudadano de a pie, la salida no es solo la estabilidad del tipo de cambio, sino el fin del ciclo de zozobra inducido por políticas erráticas. Se requiere una reforma estructural que devuelva la confianza al bolívar como reserva de valor y que permita al venezolano dejar de monitorear su teléfono cada hora. Solo así, la sociedad podrá pasar del modo supervivencia a la construcción de un proyecto de vida a largo plazo, liberándose del peso constante de la ansiedad cambiaria.
Texto: Yireth Camacaro, estudiante de Redacción y Estilo Periodístico II de la URBE
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