La última advertencia de León XIV a los lefebvrianos: ¿quiénes son y por qué podrían provocar un cisma en la Iglesia?

Hasta ahora, la comunicación entre la hermandad y la Santa Sede había sido a través de representantes, pero en esta ocasión fue el mismo Papa quien se dirigió a la hermandad a través de una carta

por Evelis Borjes

El papa León XIV hizo un llamado final a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) a desistir de la consagración de cuatro obispos sin su permiso, hecho que en la práctica supondría un cisma al interior de la Iglesia Católica. De llevar a cabo la unción que está programada para este miércoles 1 de julio, los lefebvrianos —como se conoce a los integrantes de este grupo religioso— serían automáticamente excomulgados al transgredir el derecho canónico.

Hasta ahora, la comunicación entre la hermandad y la Santa Sede había sido a través de representantes, pero en esta ocasión fue el mismo Papa quien se dirigió a la hermandad a través de una carta.

León XIV señaló que “la Iglesia está dispuesta a recorrer el camino del diálogo” y pide a la FSSPX no “lacerar la túnica indestructible de Cristo”, explicando que los lefebvrianos incurrirán en un “pecado de extrema gravedad” si prosiguen con las consagraciones episcopales no autorizadas.

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“Les ruego y les pido de todo corazón: ¡den marcha atrás! Les exhorto a considerar atentamente el bien espiritual de los fieles, pues el acto cismático que cometerían les privaría de la recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida, de los sacramentos que aman y buscan para su propia santificación”, señaló León XIV en la misiva dirigida a Davide Pagliarini, superior de los lefebvrianos.

Petición

Pagliarini respondió con otra carta pidiendo al pontífice su bendición y que se tome “el tiempo necesario de discernimiento”. El jefe de la FSSPX agregó que su intención es “recomponer la túnica de Cristo, que ha sido desgarrada por fuerzas incompatibles con el espíritu auténticamente católico”.

El tema tenía meses en discusión, pues el Vaticano había pedido en febrero pasado que la fraternidad suspenda las ordenaciones de obispos sin la autorización papal. Por entonces ya se conocía que los nombramientos tendrían lugar a mediados de este año.

El día 12 del citado mes, Pagliarini se reunió con Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Iglesia, para “evitar soluciones unilaterales”. Tras ese encuentro la Santa Sede indicó que le hizo saber al superior general de la FSSPX que nombrar obispos sin permiso sería “una ruptura decisiva de la comunión eclesial”.

Fernández repitió el mensaje en mayo considerando como “ofensa grave” la unción unilateral de obispos, pero los lefebvrianos pasaron por alto el aviso y presentaron la lista de los religiosos que iban a ser consagrados a inicios de julio: Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier (Francia), Michael Goldade (EE. UU.) y Pascal Schreiber (Suiza).

Inconformidad y distancia

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X es un grupo tradicionalista que fue fundado por el arzobispo francés Marcel Lefebvre. Durante la segunda mitad del siglo XX, el religioso fue un nombre importante dentro de la iglesia francesa y también en África, donde fue misionero, vicario apostólico y dirigió la gran diócesis de Dakar (Senegal).

En su regreso a Europa en 1962, Lefebvre se convirtió en obispo con dignidad arzobispal de Tulle por poco más de un año, abandonando el cargo para convertirse en superior de la Congregación del Espíritu Santo. Como líder de esta última entidad fue que participó en el Concilio Vaticano II convocado por Juan XXIII, con el que quedó sumamente insatisfecho debido a la tendencia modernista que quedó oficializada al final de esa cumbre.

El ecumenismo, la libertad religiosa y la modificación de la liturgia fueron rechazados por Lefebvre, quien en 1970 fundó la FSSPX en Écone, Suiza. La congregación reunió a otros religiosos disconformes con la reforma conciliar y debe su nombre al papa Pío X, santo católico que durante su pontificado mostró una postura marcadamente antimodernista.

Diálogo

El arzobispo antirreformista fue particularmente duro con respecto al diálogo interreligioso y la libertad de culto planteados por el concilio culminado en 1965, al considerar que la fe católica era “la única verdadera” y que la apertura contribuía a relativizar esa condición.

Los lefebvrianos siguen sosteniendo que esto pone en entredicho el concepto teológico de la salvación, que ya no estaría ligada a la “fe verdadera” y podría ser hipotéticamente alcanzada desde cualquier confesión, algo considerado imposible por la hermandad.

La colegialidad de la Iglesia establecida por el Concilio Vaticano II también fue cuestionada por Lefebvre, quien sostenía que debilitaba la autoridad papal y defendía la necesidad de un modelo de inspiración monárquica para la gestión episcopal.

A lo anterior se añade el rechazo hacia la nueva misa, que era considerada “protestantizada” por los tradicionalistas, sosteniendo que se convertía el sacramento en una “simple cena”. Este último punto es quizás el que más distingue superficialmente a los lefebvrianos, quienes siguen llevando a cabo la antigua misa tridentina: en latín y de espaldas a los asistentes.

Décadas de diferencias

Lefebvre profundizó su rebeldía en 1974, cuando publicó un manifiesto negándose a cumplir las reformas.

La creación del seminario de la FSSPX en Écone contó originalmente con la aprobación del obispado local; sin embargo, se pidió posteriormente la anulación del permiso. En 1975, el papa Pablo VI accedió a dicha solicitud y ordenó la disolución de la hermandad.

El prelado francés fue suspendido de los “derechos y deberes” del sacerdocio y el episcopado al año siguiente por haber consagrado sacerdotes sin autorización de la Iglesia.

Meses después de la sanción, Pablo VI y Marcel Lefebvre se reunieron el 11 de setiembre de 1976 en la residencia papal de Castel Gandolfo dentro de un contexto de tensión, según el relato de los propios protagonistas de la reunión y testimonios posteriores.

Reunión

La reunión se prolongó por casi 40 minutos y según la transcripción que el cardenal Giovanni Benelli hizo del diálogo, el Papa cuestionó duramente a Lefebvre su desobediencia de la autoridad pontificia al punto de “haber tomado la posición de un antipapa”.

“Usted ha juzgado al Papa como infiel a la fe, de la cual es el supremo garante. Tal vez sea la primera vez en la historia que esto sucede. Usted le ha dicho al mundo entero que el Papa no tiene fe, que no cree, que es un modernista, y demás cosas por el estilo. Desde luego, debo mantener una actitud humilde. Pero usted, usted se ha puesto a sí mismo en una situación terrible. Usted ha realizado acciones extremadamente graves frente al mundo entero”, dijo el Papa.

Lefebvre se defendió señalando que “no era líder de los tradicionalistas”, sino que respondía a la necesidad de sacerdotes y fieles por preservar la tradición previa al conflicto. El religioso galo sostuvo que los cambios generaban un escenario para la “pérdida de la fe” y que “iría contra su conciencia” aceptar todo lo que planteaba la renovación, aclarando que solo estaba en contra de algunas actas del Concilio Vaticano II.

“No puedo entender por qué se me condena de pronto cuando lo único que hago es formar sacerdotes en obediencia a la sana Tradición de la Santa Iglesia”, dijo el líder de la FSSPX.

Si bien el Papa reconoció ciertos “excesos” en las reformas conciliares, argumentó que el balance de la reforma era abrumadoramente positivo, aunque tanto el pontífice como Lefebvre coincidieron en que la Iglesia se encontraba en crisis.

No obstante, la reunión terminó sin ningún acercamiento y un mes más tarde el Pablo VI envió una carta a Lefebvre en la que nuevamente exigía su obediencia, pero el francés siguió negándose.

Distanciamiento

El distanciamiento se mantuvo a lo largo de una década, pero en mayo de 1988 hubo un intento de acercamiento cuando el Vaticano accedió a permitir a la hermandad la consagración de un obispo a cambio de que Lefebvre prometiera fidelidad al papa y aceptara el Concilio Vaticano II.

A pesar de la mediación de Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI, el líder tradicionalista se arrepintió casi de inmediato y el 30 de junio de 1988 consagró unilateralmente a cuatro obispos, siendo excomulgado al día siguiente por el papa Juan Pablo II junto a los prelados recién consagrados. Este último señaló que se trató de un acto cismático y advirtió que la adhesión al movimiento lefebvriano conllevaría a la excomunión, pero anunció mecanismos de reinserción de los integrantes que quisieran mantenerse en comunión con la Iglesia Católica.

Lefebvre defendió su accionar señalando que fue una medida desesperada y de “supervivencia” para el movimiento tradicionalista a través de sus propios obispos. El prelado galo falleció tres años más tarde con la sentencia de excomunión en vigencia.

El alejamiento se mantendría, pero la llegada de Benedicto XVI al pontificado sirvió como acercamiento, pues el Papa alemán levantó las excomuniones de los obispos ungidos en 1988 como muestra de apertura al diálogo. Pese a esto la FSSPX continuó en una situación irregular dentro de la Iglesia Católica.

Con el pontificado de Francisco se reanudaron las conversaciones y el pontífice argentino hizo algunas concesiones a los lefebvrianos, como devolverles el permiso de llevar a cabo algunos sacramentos. Desde el frente de la hermandad se interpretó esto como un reconocimiento tácito de la validez de su actividad pastoral previa, pero la Santa Sede argumenta que no ha otorgado independencia a la FSSPX y que el respeto de la jerarquía eclesiástica no tiene excepciones.

En ese contexto, los lefebvrianos consideraron que estaban facultados para nuevas ordenaciones episcopales, mientras que el Vaticano insiste en que esto constituye una acción cismática.

Cisma y legitimidad

Miguel Carpio, sacerdote y capellán de la Universidad Católica Sedes Sapientiae (UCSS), explica que desde los fundamentos católicos un nombramiento de obispos como el que desean realizar los lefebvrianos es un acto cismático al ignorar la sucesión directa que ha existido desde los inicios de la Iglesia.

“Los obispos son sucesores de los apóstoles. Un obispo siempre fue ordenado por otro y si uno llega al origen llegará hasta los apóstoles, por eso es que se conoce como sucesión apostólica. La Iglesia fue encomendada a San Pedro, cuyo sucesor es el Papa y por lo tanto para las consagraciones episcopales es fundamental el mandato pontificio, la autorización del Papa que es el garante de esta continuidad”, comenta el religioso.

Carpio aclara que elementos como el rito tridentino que mantiene la FSSPX no son problemáticos, debido a que la Iglesia Católica está abierta a “todas las sensibilidades” y las identificaciones de sus fieles.

Bajo ese principio es que también las iglesias orientales en comunión con la romana mantienen también ritos propios y el capellán de la UCSS señala que esto no supone un problema para la integridad religiosa, pues “la unidad no significa uniformidad”.

El padre Carpio indica que en un contexto de polarización al interior de la Iglesia Católica en el periodo reciente, el Papa León XIV está procurando que se mantenga la unidad y es así que debe entenderse la misiva del pontífice a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Asimismo, el sacerdote explica que el reciente intercambio entre la Santa Sede y los tradicionalistas puede tener su origen en la comunicación que han mantenido.

“Creo que en este caso específico los lefebvrianos han tenido cierta dificultad de comunicación con el papa Francisco, que era jesuita y tenía una sensibilidad distinta. En esta dificultad se han creado ciertas distancias que están llegando a problemas como los que se están dando ahora”, menciona.

“Lo que está haciendo el Papa León XIV es dar pasos para acercarlos. Puede ser que los lefebvrianos se hayan sentido un poco separados de la comunión eclesial porque no han sido vistos con esta atención hacia su sensibilidad y no haber sentido una cercanía paternal de la Iglesia”, añade el religioso.

Más allá de esto, Miguel Carpio insiste en que cualquier nombramiento episcopal sin el mandato pontificio llevará a la excomunión y el cisma, pero señala que es un buen signo que los lefebvrianos hayan manifestado su intención de no separarse de la Iglesia.

El sacerdote aclara que si llegara a darse la excomunión, la Santa Sede puede readmitir a los tradicionalistas si estos se pliegan al derecho canónico y vuelven a actuar en concordancia con la institucionalidad católica. «Diario El Comercio. Todos los derechos reservados.»

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