Javierlis Villa camina a pesar de que el asfalto de la calle exuda un aire vaporoso capaz de cocer un huevo. Se dirige a la parada del carrito, pues sabe que llegar a la universidad utilizando solo sus piernas es una odisea imposible en Maracaibo.
Igual que Ulises, se enfrenta al sol vertical que no deja espacio para sombras. Su sudor hace que el suéter se le pegue a la piel y sus tobillos se doblan por los desniveles de la acera. Sus monstruos mitológicos son los carros que atraviesan la calle sin reparo de los caminantes. Para Villa, ser peatón en Maracaibo significa sobrevivir a una ciudad diseñada para autos.
“A mí me gusta mucho caminar, pero no en Maracaibo”, aseguró. Su rutina es mucho más complicada de lo que sería si tuviese un vehículo particular, pues, como peatón, se enfrenta a varios obstáculos. Las aceras reducidas (a veces inexistentes), el sol inclemente y las vías hechas únicamente para los carros hacen que tenga que salir con una hora de antelación como mínimo. Al mejor estilo de Héctor Lavoe, para Villa, la ciudad de Maracaibo es una selva de cemento.
Caminata
Desplazarse por la acera es una odisea. Así lo aseguró María Sánchez, estudiante universitaria. “Tienes que pasarte a la carretera para poder caminar, entonces tienes que estar esquivando todo tipo de cosas en el camino”. Sánchez señaló la poca arbolización de la ciudad y la ocupación de las aceras por los negocios como obstáculos que debe sortear diariamente.
De la misma forma, Villa explicó que otro de los obstáculos a los que debe enfrentarse el peatón es la ocupación del espacio urbano por los automóviles. “La gente no respeta los pasos peatonales, siempre hay un carro atravesado”. Atravesar la carretera es, entonces, un acto de valentía.
Ambas estudiantes aseguraron que para ellas resulta imposible desplazarse caminando entre sus tres espacios, los cuales son la universidad, el hogar y la recreación. Al tener que usar transporte público o, en todo caso, pedir un taxi, afirmaron que la ciudad no se vive, solo se transita: “No es nada divertido ni relajante”.
Esta hostilidad hacia el peatón no es algo reciente; expertos la relacionan con el diseño de la ciudad y su crecimiento, pues, aunque resulte difícil de creer, Maracaibo no siempre fue esta urbe con anchas autopistas hirviendo bajo el sol.
Cuando la autopista era el agua
Para 1880, antes del estallido petrolero, Maracaibo era una célula para el cuerpo que es ahora. En su libro Maracaibo, ciudad de tres fundaciones, Argenis Ortiz Malavé reseñó la ciudad como “un puerto de 30 mil habitantes”. Era, para entonces, totalmente caminable.
La naciente ciudad era compacta y densa. Al estar regida bajo las Leyes de Indias, estaba organizada alrededor de una plaza central (la actual Plaza Bolívar, Plaza Mayor de San Sebastián de la Concordia para entonces), con un diseño de calles de cuadrícula colonial. Al no existir vehículos automotores, sus calles estaban diseñadas para el tránsito a pie, de caballos como, posteriormente, de tranvías.
El tráfico pesado ocurría en el lago “con una flota que surcaba las aguas y sus ríos afluentes de más de 800 naves, entre bongos y piraguas». El tranvía funcionaba como medio de transporte público, con una línea original desde el mercado principal hasta Los Haticos. La ciudad era ajena al ajetreo de los motores e invitaba a ser caminada. Los peatones transitaban sin la irrupción de las máquinas automotoras, cuyo lugar era el lago de Maracaibo.
Pero entonces estalló el primer pozo petrolero.
Las nuevas máquinas y el crecimiento
Según Ortiz Malavé, el primer automóvil llegó a Venezuela en 1904. Este acontecimiento, junto con el estallido del campo petrolero Zumaque I en 1914, fue el caldo de cultivo perfecto para el crecimiento exponencial de la ciudad y la inserción de los vehículos automotores no solo en Maracaibo, sino en toda Venezuela.
Los tranvías fueron eclipsados, pues surgió la necesidad de ser propietario de un vehículo. La meta aspiracional era, entonces, manejar una de las nuevas máquinas importadas desde Europa o Norteamérica, pues los gobiernos, como el de Marcos Pérez Jiménez, impulsaron la construcción de carreteras para conectar las ciudades del país. Maracaibo, igual que los asentamientos de la Costa Oriental del Lago, comenzó a crecer urbanísticamente como resultado de la llegada de compañías extranjeras para la explotación del crudo.
Así, la ciudad pasó de ser un puerto de 30 mil habitantes y de transporte fluvial a la urbe de más de tres millones de personas y mil 393 kilómetros cuadrados. La ciudad se expandió rápidamente y su trazado se hizo de manera sectorizada. Esto llevó a un crecimiento dispar en cuanto a planificación. De esta forma, la ciudad creciente fue dibujada pensando en transportar vehículos, no personas.
La ciudad caminable
Esta idea es compartida por Rogelio Vílchez, arquitecto egresado de la Universidad Rafael Urdaneta (URU), quien planteó que este crecimiento en un contexto de desarrollo automotriz resultó en una Maracaibo difícilmente caminable. “Maracaibo, al ser una ciudad más nueva y en gran parte diseñada durante esta modernidad, le da mucha más prioridad al vehículo que al peatón”.
Vílchez definió la ciudad caminable o peatonal como aquella en la que el peatón es el centro de la misma.
Para el arquitecto Rogelio Vílchez, el contexto en el que creció Maracaibo la convirtió en una ciudad incaminable. Foto: Cortesía.
Diseño
De igual manera, explicó que este concepto, en la práctica, es igual de antiguo que la fundación de las ciudades, pues en sus inicios eran diseñadas para el peatón, ya que no existían otros medios de transporte más que las carrozas o los caballos. Ciudades como París o Barcelona, con milenios de antigüedad, se caracterizan por la fácil accesibilidad que tienen las personas de a pie a los servicios y espacios sin necesidad de manejar un vehículo particular, a diferencia de ciudades más recientes como es el caso de Maracaibo.
Sin embargo, este concepto es reciente en la teoría, pues, a raíz de la revolución industrial, los urbanistas buscaron hacerle frente a la prioridad del automóvil proponiendo un balance entre el antecedente histórico de la ciudad peatonal y la introducción de los vehículos en la vida urbana. Así nace la idea de la “ciudad de 15 minutos”, la cual establece que los habitantes deberían poder cumplir cualquier actividad posible en un plazo no mayor de 15 minutos caminando.
Así, Vílchez explicó que la ciudad peatonal está caracterizada por cuatro aspectos fundamentales: el diseño de sus aceras, la presencia de vegetación para generar microclimas, el fácil acceso a servicios y un esquema óptimo de servicio de transporte público.
Anatomía de una ciudad peatonal
Según Vílchez, las aceras de una ciudad peatonal son amplias, no presentan obstáculos y son continuas para favorecer el tránsito de las personas de a pie, así como para incluir a aquellas que presenten limitaciones de movilidad.
Estas aceras, a su vez, cuentan con presencia tanto de vegetación como de mobiliario urbano capaz de generar áreas de sombra y microclimas, señaló el arquitecto.
De esta manera, puede contrarrestarse la incidencia del sol y el calor. Esto trae confort a los peatones, pues esta vegetación no obstaculiza la movilidad, sino que la favorece.

Barrio peatonal en París. Foto: Parisjeteaime
Por otra parte, las edificaciones son de uso mixto. “En la planta baja suele haber comercios o algún tipo de actividad para el peatón, lo cual brinda facilidad de que este tenga la mayor cantidad de servicios cercanos”, detalló Vílchez.
En este modelo, las viviendas entonces pasarían a estar en las partes más altas de los edificios, resultando en que los espacios urbanos sean una combinación de comercio, recreación y vivienda, disminuyendo el desplazamiento.
Por último, el transporte público es organizado de manera que las paradas estén lo más cercana a zonas de mayor afluencia peatonal, con una distancia de entre 400 a 500 metros las unas de las otras. De esta forma se incentiva el uso del transporte masivo para que resulte más conveniente utilizar el bus o el metro que optar por desplazarse en vehículo privado.
La tierra del sol amada
La realidad del peatón en Maracaibo es diferente. “A modo general, Maracaibo no es una ciudad peatonal, ya que no hay confort para el peatón en la mayoría de sus espacios”, afirmó Vílchez.
El clima es un elemento determinante en por qué resulta difícil caminar en Maracaibo. Según estadísticas de la estación meteorológica de la Universidad Privada Dr. Rafael Belloso Chacín, las temperaturas de la ciudad en 2024 tuvieron un mínimo de 27º grados Celsius y un máximo de 33ºC, para un promedio de 30ºC para todo el año. Factores como la humedad resultaban en sensaciones térmicas que fácilmente superaban los 40 ºC. Esa tendencia se mantiene en 2025.

Data correspondiente a la temperatura y sensación térmica de Maracaibo de lo que va del 2025. Fuente: METEO-URBE
Temperaturas
Sumado a la temperatura, caminar resulta difícil por la exposición solar. En Maracaibo, el índice ultravioleta (UV) llega fácilmente a nueve entre las 11.00 de la mañana y las 3.00 de la tarde, lo cual es un valor considerablemente elevado. Entre las consecuencias de una exposición prolongada a la radiación solar se encuentran las quemaduras solares, el envejecimiento prematuro de la piel (arrugas, manchas), mayor riesgo de cáncer de piel y daños en los ojos como cataratas.
Para Daily Quiva, docente universitaria de la URBE, el repunte de las temperaturas en la ciudad es evidencia del cambio climático.
“En los últimos cinco años, o por lo menos lo que he notado con los registros que comparto con algunos investigadores del Inameh (el Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología), es que el clima de Venezuela está siendo afectado”, aseguró.
Quiva describió el caminar en Maracaibo como incómodo, asegurando que, si el peatón no tiene paraguas, sufre.
Vílchez, por su parte, explicó que la falta de zonas que generen microclimas a través del mobiliario urbano, como paradas de buses, bancas y vegetación; resulta en que no haya confort térmico ni presencia de sombras, por lo que las personas que van a pie se encuentran incómodas al momento de caminar por el sudor y el cansancio resultante de la actividad física.
De esta forma, emprender una caminata en la ciudad, ya sea para comprar víveres en la tienda de la esquina o para acercarse a la parada del transporte, es una travesía cuyo costo es el sudor, la deshidratación y el cansancio.
Caminar entre el asfalto
Por otra parte, las aceras marabinas en buena parte de la ciudad suelen ser interrumpidas. Esta falta de continuidad se manifiesta en los desniveles de las mismas, esto debido a que suben y bajan como resultado de que son entradas a locales comerciales o de que funcionan como estacionamientos para los vehículos. Así mismo, la presencia de vegetación no idónea para el espacio público obstaculiza el tránsito peatonal, pues esta rompe las aceras o crece encima de estas.
Otro factor determinante es que las vías suelen estar diseñadas para el tránsito de vehículos, no de personas. Avenidas como La Limpia, las Circunvalaciones y la avenida Guajira resultan difíciles de atravesar para las personas de a pie debido a su anchura.
Los cruces peatonales son difícilmente respetados y la alta velocidad de los vehículos resulta peligrosa para quienes caminan. Javierlis Villa, estudiante universitaria, afirmó que “los semáforos están de adorno, nadie los respeta” en referencia a cómo de complicado es para ella atravesar la avenida Guajira a pie.

La vegetación irrumpe el paso peatonal en las aceras. Foto: Walver Perozo
Según Vílchez, sectores específicos como 5 de Julio y Bella Vista resultan menos hostiles, pues cuentan con el potencial para volverse espacios caminables. Esto es resultado de una planificación más detallada en esta área de la ciudad en el momento en el que se desarrollaba, lo cual se evidencia en el modelo de cuadrículas que tienen sus calles. Este no es el caso, por ejemplo, de la zona oeste, la cual creció de manera más orgánica.
Donde todo queda lejos
Los caminantes son viajantes dentro de su propia ciudad. El trayecto no es disfrutable, lo único que se espera es la llegada. Así piensa Javierlis Villa. Para ella, en Maracaibo nada queda lejos en carro. Sin embargo, para el peatón llegar a cualquier parte es una travesía. “Si ya de por sí tengo que caminar un poco para agarrar transporte público y me canso, no me quiero imaginar si tendría que caminar todo el trayecto”. Villa afirmó que simplemente transita para llegar a su destino, no que lo disfruta.
Rogelio Vílchez consideró que la organización de la ciudad varía respecto a la zona. “No se pueden identificar ciertas zonas donde la mayor cantidad de servicios estén al alcance del peatón”. Esto se debe a que hay partes en las que existe mayor concentración de comercios u oficinas en comparación a otras.

Diferencia entre el trazado urbano del sector 5 de Julio (zona este) y los sectores Club Hípico, Los Plataneros y Raúl Leoni (zona oeste) Foto: Google Maps
De esta forma, por ejemplo, una persona que viva en la zona oeste y decida realizar un trámite administrativo muy probablemente deba dirigirse a la zona este de la ciudad, empleando más de 15 minutos manejando y, claro, mucho más de 15 minutos a pie.
Esto es resultado de una sectorización en la que la ciudad se ha dividido en partes comerciales, administrativas, industriales, recreacionales y residenciales. Los peatones, e incluso quienes poseen un vehículo particular, deben realizar trayectos largos entre estas zonas para así poder cumplir sus tareas en un modelo que recuerda al sprawl o esparcimiento urbano de las ciudades estadounidenses, caracterizadas por el uso del vehículo.
El transporte público y el peatón
Por último, Vílchez sugirió que el sistema de transporte público puede resultar inconveniente para el peatón. Desde paradas con distancias considerables las unas de las otras, hasta escasez de unidades móviles, el transporte público puede verse sobrecargado por la cantidad de personas que lo utilizan.
Javierlis Villa planteó que el transporte puede saturarse en horas pico y que eso, sumado al calor junto al estrés diario, hace que desplazarse de una parte a otra sea incómodo en exceso.
Así mismo, señaló que con la lluvia la cantidad de carritos y buses que transitan son menores, por lo que se suelen llenar con rapidez, lo que complica la movilización hacia su destino.

El sistema de transporte público debe alinearse a las necesidades del peatón. Foto: Walver Perozo.
El acero contra el acero
En Maracaibo los autos compiten por el espacio no solo con los peatones, sino entre ellos mismos. Así, el habitar la ciudad se convierte en un peligro constante.
El alto volumen de tráfico y el apuro de la vida urbana lleva a una preocupante cifra de accidentes automovilísticos. El medio regional Es con usted reseñó en un reportaje que en 2024 se registraron en Venezuela 1.924 accidentes de tránsito en todo el país, de los que el 37 por ciento correspondía a casos de choques entre vehículos, el 27 por ciento a arrollamientos, el 18 por ciento a choques contra objetos fijos y el otro 18 por ciento a motivos varios.
Esta cifra se mantuvo a inicios de 2025, pues en los primeros tres meses del año se registraron 966 accidentes, según el Observatorio de Seguridad Vial (OSV).
De esta manera, los accidentes de tránsito son pan de cada día en Maracaibo. El transitar la ciudad y llegar a salvo se convierte en un milagro que los marabinos agradecen, pues la problemática no solo comprende a quienes se mueven con su cuerpo, sino que también a los que manejan por la urbe.
Así, con un diseño hostil hacia el peatón, nadie parece estar a salvo.

En una ciudad diseñada para autos, los accidentes vehiculares son comunes. Foto: Walver Perozo
La salud de los que caminan y los que manejan
Para ambos participantes (peatones y conductores) hacer ejercicio en la ciudad de manera integral es complejo.
La superficie total de las principales áreas verdes de Maracaibo, entre el Jardín Botánico, la Vereda del Lago y el Parque Monumental Ana María Campos, no supera el 0.17 por ciento del área total de la ciudad. Quienes desean caminar o ejercitarse en estas tienen dos opciones: desplazarse hacia ella en vehículos o, directamente, no ir.
Así, el diseño de la ciudad no diferencia al castigar la salud de los caminantes como la de quienes manejan.
Para el peatón, el sol, sumado a la falta de espacios que generen microclimas, es un arma. Según Lérida Toro, médico de emergencia de un centro médico privado, quienes caminan por la ciudad pueden desarrollar manchas cutáneas, quemaduras, daños en la retina y, en el peor de los casos, cáncer de piel.
La médico Lérida Toro considera que la poca caminabilidad de la ciudad tiene implicaciones en la salud de los marabinos. Foto: Cortesía.
La médico planteó que el sol puede aprovecharse antes de las 10.00 de la mañana y después de las 5.00 de la tarde.
“El sol se podría aprovechar porque nos da vitamina D3 que va a fortalecer nuestros huesos”, argumentó.
En todo caso, una exposición prolongada a los rayos ultravioleta en un horario distinto puede ocasionar problemas de salud a largo plazo. Cubrirse del sol y utilizar protector solar son, entonces, las armas de combate del peatón al caminar, aunque termine sudando, deshidratándose y, claramente, cansándose en el trayecto.
Ejercicio
El panorama para quienes manejan tampoco es alentador. Según Toro, el uso excesivo del automóvil puede tener correlación entre la obesidad y las afecciones cardiovasculares.
“Nos acostumbramos a ir en carro hasta a la esquina y no hay movimiento físico del individuo”, explicó. Así, quienes cuentan con vehículo, ante la dificultad de caminar, pueden terminar en el sedentarismo, un estado en el que las personas no utilizan su cuerpo de manera frecuente. Esto tiene como consecuencia la propensión a enfermedades cardiovasculares e, incluso, obesidad.
El estrés de la calle también juega en contra de quienes manejan. Los trancones, el ruido y los peligros al volante hacen que los conductores se vean igualmente perjudicados. “Yo diría que la principal enfermedad que produce esto es la hipertensión arterial”, aseguró.
En una ciudad en la que caminar es difícil, manejar crónicamente amenaza la salud y la dieta marabina tampoco ayuda en la ecuación.
Las comidas chatarras, frituras, salsas y embutidos se suman a la falta de actividad física, lo que resulta en arterias tapadas como en corazones sufrientes. Conocido en el argot popular como la barriga de cervecero, Toro explica que esto se manifiesta en “un abdomen muy grande, que mide más de 100 centímetros”.
Toro apuntó hacia una dieta rica en verduras, frutas y proteína, pues, si el marabino no camina, lo menos que puede hacer para vigilar su salud es cuidar su alimentación.
El bienestar artificial
Ante lo difícil que es para el marabino utilizar su cuerpo diariamente, los gimnasios aparecen como maná del cielo para quienes pueden costear una mensualidad en estos centros de actividad física.
“Las personas recurren a un gimnasio debido al escaso tiempo que les queda”, explicó en referencia a la vida en la ciudad Jorge Díaz, entrenador y preparador físico de Centinelas Voleibol Club.
Sin embargo, la salud no puede reducirse únicamente al ejercicio hecho en un gimnasio. Según Díaz, esta actividad “jamás puede reemplazar una alimentación balanceada y una caminata de por lo menos unos 15 minutos”, aseguró.
Para Díaz, una rutina de salud integral comprende un balance entre una alimentación sana y una rutina de ejercicios funcionales. Afirmó que caminar es importante pues estimula el sistema nervioso además de activar el metabolismo, lo que mantiene al cuerpo activo permitiéndole funcionar mejor en los quehaceres diarios.
Al igual que Toro, el entrenador señaló que el no caminar afecta la capacidad anaeróbica y en algunos casos lleva a subir de peso.
La dieta marabina compuesta de frituras y sal, sumada a una actividad funcional casi nula, hace que atender a un gimnasio sea apagar un incendio desde el techo.
Para que este triángulo de la salud integral funcione, al menos dos de estos vértices deben ser cumplidos, si no es que los tres de ellos. No obstante, en una ciudad en la que moverse con el cuerpo es una odisea y la cultura alimenticia es peligrosa, que los marabinos puedan desarrollar una salud integral resulta casi imposible.
Así, imposibilitados de moverse con sus piernas, los marabinos recurren a esta especie de bienestar de espacios cerrados, empaquetado, fabricado, artificial.
La salud mental de los marabinos
Según Naidely Zambrano, psicóloga terapeuta de jóvenes y adultos, caminar en un entorno natural hace que el cerebro se exponga a una atención espontánea y pueda estar atento de forma más sencilla, pues caminar en espacios naturales funciona como una válvula de regulación atencional. Este ejercicio brinda energía a quien camina y ayuda a regular sus emociones.
Sin embargo, esto no ocurre en Maracaibo. En la urbe, los peatones son sitiados en su propia ciudad, pues, en este ambiente hostil, trasladarse supone un esfuerzo no solo físico y económico, sino también emocional.
Zambrano explicó que el diseño de la ciudad frustra a los individuos debido a que no pueden moverse libremente utilizando su cuerpo. “Al solamente poder movernos en carro o transporte público, se nos resta control y eso nos frustra por no poder movilizarnos por nuestra propia cuenta”.
Aislamiento
Esto lleva a un aislamiento como resultado de las barreras físicas que existen al transitar por la ciudad. “Aislarnos es un factor de riesgo, aumenta problemas de salud mental como ansiedad y depresión”, afirmó Zambrano. El que no haya muchas áreas verdes, así como la inexistencia de espacios públicos accesibles que inviten a reuniones sin necesidad de gastar dinero o realizar un esfuerzo físico, encierra a los caminantes y genera frustración por lo complicado que es compartir con los demás.
La psicóloga, así mismo, señaló que los estímulos de la vida urbana no solo generan estrés fisiológico, sino también emocional y cognitivo.
Zambrano explicó que la ciudad no es un entorno natural, por lo que el ruido, los automóviles, además del peligro, drenan la atención de los individuos, lo que no le permite al cerebro descansar, pues éste está diseñado para filtrar esta información y así llevar a cabo las actividades cotidianas.
Igualmente, esta pérdida de control al movilizarse genera angustia a nivel emocional, pues los estímulos terminan generando un estrés crónico ante la vida urbana. Caminar, en situaciones propicias, “mantiene los niveles de adrenalina y cortisol en niveles adecuados, pues nos permite estar en contacto con nuestro cuerpo”, pero, en el entorno hostil de la ciudad, esta conexión se interrumpe y hay afecciones emocionales en quien camina.
De esta forma, el diseño de la ciudad no solo genera estrés en quienes la habitan, sino que desconecta a las personas de la función primordial de sus cuerpos: utilizarlos.
Las soluciones, el futuro
Convertir a Maracaibo en una ciudad peatonal de la noche a la mañana requiere de esfuerzos gigantes que no se reducen únicamente a lo económico.
El diseño de la ciudad responde a una tendencia global que priorizó, en su momento, el progreso que representaban los automóviles en la vida urbana, por lo que cambiarlo desde la raíz resultaría engorroso, caro y complejo.
Para el arquitecto Rogelio Vílchez, lo más viable es proveer de áreas de sombra para que las personas se sientan cómodas al caminar en zonas de microclimas con confort térmico, así como mejorar el estado de las aceras al priorizar espacios libres y sin obstáculos.
El acceso a servicios es igualmente importante. Descentralizar las locaciones de las oficinas gubernamentales, tanco como ofrecer diversidad de locales de recreación y consumo en áreas urbanas, puede reducir el espacio a caminar.
Sombras
De la misma forma, ajustar el sistema de transporte público puede brindar solución a quienes caminan. Igualmente, aumentar la cantidad de unidades vehiculares al servicio del peatón puede aliviar la saturación que el sistema afronta.
En este proceso acelerado de modernización en la que creció la ciudad, el peatón se desplazó a la periferia hasta el resultado que hoy debe enfrentar: una ciudad incaminable en arquitectura, diseño e infraestructura.
Por lo pronto, los peatones marabinos carecen de opciones para enfrentarse a la ciudad. Hasta que la realidad de la ciudad cambie, lo más inmediato parece ser bañarse en protector solar y vestirse como si viviesen en el punto más álgido del Sahara, sin dejar un solo centímetro de piel al descubierto.
Contra los autos a alta velocidad, un conjunto de ropa de caucho de goma parece ser una buena opción. Quizá así puedan tener algo de seguridad en una ciudad que solo desplaza máquinas de acero.
Texto: Walver Perozo estudiante de la cátedra de Géneros Interpretativos de la URBE
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