El patriarca contra el heredero. Así se podría definir la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil que tendrán lugar el domingo 4 de octubre. Si bien hay más candidatos y también se elegirá al Congreso, gobernadores y asambleas, todo el debate se ha centrado en la lucha entre Luiz Inácio Lula da Silva contra Flávio Bolsonaro –hijo del expresidente Jair Bolsonaro–, cada uno representando un extremo político en ese país.
El panorama es uno solo: una nación prácticamente partida por la mitad por cuenta de la polarización en un escenario muy reñido, según las encuestas. Las diferencias en los sondeos van desde menos del 1 por ciento hasta un máximo de 4 puntos porcentuales. Por ejemplo, el agregador de encuestas UOL, que reúne las principales mediciones, calculó que la distancia promedio entre ambos candidatos en una eventual segunda vuelta es de apenas el 0,2 por ciento.
Ernani Rodrigues de Carvalho Neto, catedrático del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Federal de Pernambuco, le explicó a SEMANA que la ventaja de uno u otro candidato es difícil de medir: “Varios institutos apuntan a un empate técnico en segunda vuelta. Algunos destacan una pequeña ventaja de Lula frente a Flávio Bolsonaro y otros ya apuntan a un reducido margen de error en la primera vuelta. Así, la ventaja prácticamente no existe desde el punto de vista de los números”.
De un lado está el actual presidente, el izquierdista Lula da Silva, que a sus 80 años busca su cuarto y último mandato tras acumular casi 12 años en el poder. Para esta elección, su discurso no es solo el de su última batalla contra la ultraderecha, representada en la familia Bolsonaro, sino también el de un mandatario que se niega a rendirse y sigue siendo un sobreviviente.

El presidente brasileño perdió el dedo meñique de la mano izquierda cuando era joven trabajando para una metalúrgica; sobrevivió a un cáncer de laringe, a la artrosis y a una hemorragia intracraneal hace un par de años, que le dejó una cicatriz en la cabeza tras una caída. Y en lo político no es diferente: perdió tres elecciones presidenciales antes de llegar al poder, estuvo en la cárcel durante 580 días y fue temporalmente inhabilitado para la posibilidad de competir por la presidencia. Pero ahora, tras superar todo ello, sigue queriendo competir por el poder.
Los lastres de Lula van precisamente por uno de esos episodios que marcaron su carrera: su tiempo en prisión. En 2018 fue condenado por corrupción pasiva y lavado de dinero en el caso conocido como Lava Jato, en el que se le acusó de recibir sobornos en forma de un lujoso apartamento en Guarujá. Sin embargo, tras los 580 días en prisión, salió libre por vicios en el proceso, considerado anticonstitucional.
Pero, cuando Lula salió de prisión, encontró un país diferente al que era cuando entró. Su candidato, Fernando Haddad, había fracasado, y Jair Bolsonaro, un exmilitar de ultraderecha, era el nuevo presidente de Brasil. Durante su mandato, el derechista se alineó con Donald Trump y dio retroceso a muchas de las políticas del líder de izquierda, marcando un fuerte enfoque en seguridad.
En 2022 hubo tiempo para la revancha. Lula venció a Bolsonaro en la segunda vuelta presidencial por menos de 2 puntos porcentuales. Cuando tuvo que entregar el puesto, el entonces presidente habría planeado un intento de autogolpe de Estado para quedarse en el poder y asesinar a Lula. Por esto, Jair Bolsonaro fue condenado a 27 años de prisión y terminó señalando a su hijo Flávio como su sucesor.

El hijo mayor de Jair Bolsonaro no oculta que es un heredero de su padre y que está en el puesto gracias a su legado y a la gran popularidad que aún conserva, sin importar que hoy día esté en prisión domiciliaria. “Es difícil comparar al hijo de Pelé con Pelé”, reconoció en un acto en Río de Janeiro. Aunque aseguró que su figura paterna es su brújula, se considera a sí mismo como más moderado que él.
Flávio es prácticamente un espejo de su padre de joven, no solo por su evidente parecido físico, sino también por el uso de símbolos como la camiseta de la selección de Brasil, que Lula se puso durante las elecciones que disputó.
Sin embargo, en el ámbito político es donde más se pueden encontrar distancias.
A diferencia de su padre, que llegó al Palacio de Planalto después de casi tres décadas en la Cámara de Diputados, Flávio ha construido prácticamente toda su carrera dentro de la política de Río de Janeiro. Fue elegido diputado estatal por primera vez en 2002, cuando tenía 21 años, y permaneció en la Asamblea Legislativa durante cuatro periodos consecutivos. En 2018 dio el salto al Senado, donde obtuvo más de 4 millones de votos y comenzó a ocupar un lugar de mayor relevancia dentro del grupo político de los Bolsonaro.
Pero su trayectoria también ha estado marcada por investigaciones judiciales. Su nombre quedó ligado al caso conocido como las rachadinhas, una investigación sobre el supuesto desvío de parte de los salarios de asesores de su despacho cuando era diputado estatal de Río de Janeiro. El caso involucró a antiguos colaboradores y a Fabrício Queiroz, señalado como operador del supuesto esquema. Años después, el expediente continúa teniendo consecuencias judiciales para personas vinculadas a la investigación, aunque eso no equivale a una condena contra Flávio.

Una campaña sin pudor
Rodrigues, en diálogo con SEMANA, describió el tono de la campaña. “Brasil ya se viene acostumbrando a un ambiente caldeado de elecciones, principalmente cuando son elecciones presidenciales. Esa tensión se percibe en las propagandas electorales por el nivel acusatorio que han ganado, de los dos lados, niveles que yo diría no son muy compatibles con una elección presidencial, en la que se prevé una discusión de proyectos de país, planes de gobierno, políticas públicas. Pero, lamentablemente, el debate está muy encendido y lleno de acusaciones de ambos lados”.
Desde la orilla del presidente brasileño, no se ha guardado nada. Lula convirtió la campaña en un juicio a la ultraderecha. Ha repetido en numerosos actos una consigna: “Mientras yo viva, la extrema derecha no volverá al poder en este país”. El 25 de septiembre, en una cena con cerca de 700 invitados en São Paulo, dijo –sin citar el nombre de su rival– que la extrema derecha representa la “barbarie”, mientras que él defiende la democracia y la institucionalidad.
En política exterior, Lula ha hecho de la soberanía una bandera de campaña por cuenta de la cercanía de la familia Bolsonaro con Donald Trump. El 22 de septiembre, ante la Asamblea General de la ONU, advirtió: “La democracia vuelve a estar bajo ataque”, y denunció la injerencia extranjera en procesos electorales tras las dos nuevas tandas de aranceles que Estados Unidos impuso en julio a productos brasileños. En el mismo discurso afirmó que “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”.
Según Rodrigues, esa desconfianza es mutua. “Hay temor de una cierta interferencia de Estados Unidos en la elección, de un lado, y también temor de interferencia de la Justicia electoral brasileña, por otro lado, ya que varios integrantes de la Corte Suprema están en esa posición por cuenta del propio presidente Lula. Entonces, hay un clima de desconfianza mutua”.

Por parte de Flávio Bolsonaro, el senador atacó el balance del Gobierno y la negativa de Lula a debatir. El 17 de septiembre, en Bahía, uno de los bastiones del Partido de los Trabajadores, habló de la decepción del nordeste con “alguien que prometió mucha cosa y no entregó nada”. Días antes de un debate al que el presidente no asistió, lo retó públicamente: “Lula, ven a debatir conmigo porque quiero restregarte la verdad en la cara”. Lo acusó, además, de mentir y de matar la esperanza de Brasil.
Asimismo, el pasado 3 de enero, tras la operación militar estadounidense en Caracas, Flávio publicó en X una imagen de Lula junto a la del caído dictador venezolano Nicolás Maduro y le atribuyó vínculos con “tráfico internacional de drogas y armas, y lavado de dinero”, además de apoyo a terroristas y dictaduras, y fraudes electorales.
El catedrático señaló que la coyuntura favorece al mayor de los Bolsonaro en algunos aspectos. “Flávio Bolsonaro, que desafía al presidente Lula, ha tenido ventaja en algunos aspectos relativos al costo de vida en Brasil, que está muy alto, y esos elementos recaen sobre quien es el actual presidente”.
El primer round entre los dos candidatos está pactado para el próximo domingo 4 de octubre, aunque todos los escenarios parecen dilucidar una segunda vuelta para el 25 de octubre, ante el improbable caso de que Lula o Bolsonaro lleguen a más del 50 por ciento de los votos válidos. Luego de una dura campaña, lo más intenso aún está por venir.
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