Miles de ciudadanos sirios han tomado plazas, calles y carreteras desde primera hora de este lunes para celebrar el primer aniversario del derrocamiento del dictador Bachar el Asad, quien huyó a Rusia hace exactamente un año tras la ofensiva relámpago lanzada desde Idlib.
Bajo el nombre oficial de «La fiesta de la liberación», el ambiente de entusiasmo se apoderó de las principales ciudades. En la icónica plaza de los Omeyas de Damasco, una marea humana, bengalas y fuegos artificiales marcaron el fin de una era.

Vista aérea de la multitud congregada este lunes en la plaza de los Omeyas, en Damasco.
«Para mí era importante estar aquí no solo para compartir la felicidad con mi gente, sino también para que la vea el mundo. Que sepan y entiendan que Siria está contenta y ha empezado un nuevo capítulo», declaró Mirbat Zain, una asistente de 30 años.
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El presidente Ahmed al-Shara (líder del grupo que encabezó la ofensiva hace un año) acudió a los actos centrales en la capital vestido con uniforme militar. Tras rezar en la Mezquita de los Omeyas, se dirigió a la nación.
Al-Shara prometió «reconstruir una Siria fuerte, acorde con su presente y su pasado, de norte a sur y de este a oeste», mientras paracaidistas realizaban exhibiciones aéreas organizadas por el Ministerio de Defensa.
Aunque el gobierno animó los festejos enviando mensajes masivos a los móviles, las autoridades desplegaron un impresionante dispositivo de seguridad ante el temor de ataques de nostálgicos del antiguo régimen.
Alegría en el centro, tensión en el noreste
La celebración se replicó en ciudades como Alepo, Homs y Hama. Sin embargo, la realidad es distinta en el noreste del país.
Las Fuerzas Democráticas Sirias, la alianza liderada por milicias kurdas que controla el 25% del territorio, prohibieron las concentraciones. Aunque enviaron un mensaje de felicitación por la caída de El Asad, lanzaron una advertencia al nuevo gobierno central.

La gente se reúne junto a la torre del reloj en el centro de Homs, este lunes.
«Este discurso tenso y arrogante (contra los kurdos) ya no es aceptable y no puede ser la base para construir una nueva patria; más bien, es una continuación directa de la mentalidad del régimen que ha caído y no volverá», declaró la alianza, exigiendo el fin de la incitación al odio étnico.
Desafíos pendientes
Más allá de la euforia y los cánticos de «¡Siria libre!», la población reconoce las deudas pendientes tras 14 años de guerra civil.
Afraa Hakouk, residente de Damasco, resumió el sentir popular: «Hay demasiada pobreza todavía. Y necesitamos que los servicios, como la electricidad y el agua, lleguen a más gente». No obstante, se mostró optimista: «En un año no se podía hacer más».
El País / NotiPrimicia
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