María Cordero debería estar preparando su llegada a Caracas para las fiestas navideñas, pero está en su casa en España revisando cada pocas horas las notificaciones de su aerolínea. Su vuelo directo a Venezuela fue cancelado y la única alternativa que le ofrecen ahora es aterrizar en Bogotá y, desde allí, continuar hasta la frontera para cruzar a pie hacia Cúcuta, la ciudad colombiana que se ha convertido, de facto, en la nueva puerta internacional de los venezolanos. “Nos dieron donde nos duele”, dice. Su itinerario extraviado es hoy el de miles de pasajeros que intentan regresar —o salir— de un país casi incomunicado.
En las últimas dos semanas, el espacio aéreo venezolano se ha ido vaciando hasta convertirse en un cielo sin aviones. Las restricciones impuestas por Estados Unidos a las operaciones comerciales en torno a Maiquetía —el principal aeropuerto del país— han dejado a Venezuela prácticamente desconectada. La conexión con Europa está cerrada de hecho y las rutas que siguen activas dependen de muy pocos puntos: Bogotá, con frecuencias menguantes, y, hasta este miércoles, Panamá, cuyas aerolíneas suspendieron temporalmente sus vuelos por intermitencias en la navegación.
Puede leer: Qué papel juega EE.UU en Somalia, el país del que Trump no quiere inmigrantes
Destinos
Con Maiquetía reducido a un puñado de destinos —Curazao, Barbados, Manaos, Cancún, San Petersburgo y Moscú—, el país ha desplazado buena parte de su tráfico internacional hacia un punto inesperado: el pequeño aeropuerto de San Antonio del Táchira, en la frontera con Colombia. Allí el movimiento semanal pasó de 3.500 a más de 5.000 pasajeros. Las agencias de viajes venden ya paquetes que incluyen la asistencia para cruzar el Puente Internacional Simón Bolívar rumbo al aeropuerto de Cúcuta, convertido en una terminal internacional improvisada para los venezolanos. Las aerolíneas locales duplicarán su oferta de vuelos en diciembre y enero para atender la demanda. En un terminal que estuvo once años cerrado y que reabrió apenas hace dos.
Ese desvío fronterizo no solo afecta a quienes intentan volver al país. También ha atrapado a quienes necesitan salir con urgencia. Stefania Chehade pasó tres días varada en Panamá, a la espera de completar un viaje a Venecia donde participaría en un programa de la Bienal. Tenía un boleto con destino final Venecia y aceptó el cambio de origen ofrecido por su aerolínea. Compró un pasaje adicional para volar hasta Panamá desde Caracas, pero al llegar al mostrador le negaron el embarque por supuestas irregularidades en sus documentos.
Venezolanos en los aeropuertos
La escena se repite en distintos aeropuertos. En Madrid, decenas de venezolanos siguen atrapados en Barajas a la espera de reprogramaciones o de asistencia consular. La diáspora se ha organizado para llevar comida y algo de apoyo a quienes no pueden pagar alojamiento. Entre los que se han quedado varados en Madrid, aunque en casa de un hermano, está Clementina Urosa, de 75 años, que visitaba a su familia en España y quedó bloqueada sin fecha de retorno. “Dicen que van a abrir los vuelos el 31 de diciembre, pero no me veo ese día brincando para allá y luego para irse por Bogotá uno no tiene dinero para pagar el boleto a Venezuela. El bolsillo le va pegando a uno”, cuenta. “Estoy en suspenso”.
La magnitud del problema es enorme. Solo entre Caracas y España estaban programados 36 vuelos semanales de ida y vuelta, con alrededor de 300 pasajeros cada uno. La suspensión súbita ha dejado a miles de personas varadas o con billetes que ya no sirven para llegar a su destino. Las compañías europeas que dejaron de aterrizar en Caracas, como Air Europa e Iberia, están ofreciendo cambios de origen y destino o reembolsos a los pasajeros, pero cada ajuste implica nuevas escalas, costes adicionales y la incertidumbre de si esas rutas se mantendrán abiertas.
Vuelta a la Patria
De Estados Unidos solo llegan los vuelos con venezolanos deportados que, según Venezuela, Washington pidió retomar en medio de las tensiones políticas. La crisis se profundiza y los viajeros varados intentan continuar sus planes por otras vías, en medio de una total incertidumbre.
El colapso aéreo se ha convertido en una de las piezas más visibles de la estrategia de presión que mantiene Estados Unidos sobre el Gobierno. El 22 de noviembre las aerolíneas suspendieron temporalmente sus operaciones en atención a la advertencia de la Administración Federal de Aviación estadounidense sobre el aumento de las operaciones militares en la zona hasta febrero de 2026. Después, Venezuela anunció la revocación de las licencias de vuelo a ocho compañías —Air Europa, Iberia, Plus Ultra, Turkish Airlines, Avianca, Latam, TAP y Gol— por haberse sumado, según el Gobierno, a las “acciones de terrorismo de Estado” de Washington. Pero la cascada de cancelaciones ha continuado, ahora alimentada por la declaración de Donald Trump, que aseguró el fin de semana pasado que daba por cerrado el cielo venezolano.
Las pocas aerolíneas que aún mantienen operaciones han reprogramado vuelos para continuar sirviendo la ruta durante el día, evitando los nocturnos, y aseguran que las intermitencias no han comprometido la seguridad. El Instituto Nacional de Aeronáutica Civil reiteró que mantendría “el monitoreo de las líneas aéreas que continúan sus operaciones en el país, ratificando la operatividad y seguridad del espacio aéreo venezolano”.
Entre comunicados cruzados y decisiones militares que se toman en despachos lejanos, los efectos se sienten a ras de suelo: en los correos de cancelación que recibe María, en los tiques que Stefania ya no puede usar, en las noches en vela de Clementina en Barajas. Venezuela vuelve a un estado familiar en una situación excepcional: conexiones mínimas, planes inciertos y viajeros obligados a cruzar fronteras para poder despegar.
El País de España / NotiPrimicia
Manténgase conectado e informado en cada una de nuestras plataformas: