Álex Candal con corazón nuevo: «Tengo que tener una vida más tranquila»

El comunicador de fútbol se recuperó para la Copa del Mundo justo a tiempo, después de siete meses hospitalizado esperando un trasplante. Considera que hay que recordar no solo a su papá Lázaro, la voz por excelencia de los Mundiales en los años 80 y 90, sino a toda una generación de narradores y comentaristas venezolanos: "En ningún país de Latinoamérica tuvieron lo que tuvimos en nuestra televisión"

por PASANTE NP

A estas alturas del siglo XXI, quizás Alejandro «Álex» Candal (Caracas, 1969) ya no es tanto el hijo de Lázaro «Papaíto» Candal, la voz por excelencia de los Mundiales en Venezuela, al menos en los años 80 y 90. Quizás el gallego-venezolano Lázaro (1931-2023) comienza a ser, poco a poco, aquel señor que fue el papá de Álex, ahora una referencia para toda Latinoamérica en los debates de espacios como Fútbol Total del canal internacional de suscripción DSports.

Recuperado para el Mundial justo a tiempo tras un trasplante de corazón a los 56 años debido a dos padecimientos de endocarditis consecutivos —pasó casi siete meses hospitalizado—, Álex no se toma demasiado a pecho eso de latir con los ventrículos y aurículas prestados por otra persona ya fallecida. Prefiere verlo por el lado científico, más que el emotivo que nos lleva a asociar un grupo de músculos con el amor.

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—Tener una parte del cuerpo que fue antes de otro ser humano. ¿Cómo se vive? ¿Cómo es la adaptación?

—Puede sonar fuerte, pero si lo vemos desde el lado científico y biológico, no deja de ser otra parte del cuerpo. Lo que ocurre es que siempre el corazón tiene una identidad mucho más fuerte que cualquier otro órgano. A lo mejor te trasplantan un riñón: como no tiene movimiento (perceptible), te lo dejan ahí y tú inmediatamente lo adoptas como una parte tuya. Bueno, yo considero lo mismo con el corazón. La diferencia es que siempre a las personas le genera un mayor impacto, precisamente, porque siempre establecemos una relación del corazón con las reacciones, con el amor, con el cariño, con la rabia, con la ira, con el deporte, con la religión. Pero científicamente y biológicamente no deja de ser un órgano como cualquier otro. Como si te hubieran puesto a lo mejor un un trozo de piel o algo que aparentemente tiene menos vida que un corazón.

—Hace un trabajo en el que es inevitable apasionarse, discutir. ¿A partir de ahora le toca bajarle dos, como decimos en Venezuela?

—Por supuesto. Te cambia la percepción y la visión de la vida porque afrontas la muerte como algo muy cercano. He afrontado la muerte en varias ocasiones, pero esta, por supuesto, estuvo mucho más cerca por la dificultad de la operación: un trasplante de corazón. Estoy trabajando en eso: bajarle dos. Uno siempre va como como al remolque con las cosas de la vida. Una de las cosas que más me ha impactado durante tanto tiempo en el hospital —estuve casi siete meses como metido en esa cápsula que es una habitación hospitalaria— es que, al salir, todas las cosas que hacía antes básicamente no habían cambiado: el trabajo, la oficina, mi vida, mi familia. El día a día era el mismo de siempre. Ahí te das cuenta de que a veces te arruinas pensando en situaciones diarias que no valen la pena. De que si tienes una forma distinta de afrontar la vida vas a estar mejor, vas a perder menos tiempo y tu cuerpo te lo va a agradecer. Es como si el cuerpo fuera un escudo protector de las cosas que te van ocurriendo a diario. Y lo va enfrentando con esfuerzo, con lucha, con trabajo, con sacrificio y al final se resiente. Tengo casi tres meses de trasplantado. No te puedo decir que no pueda caer nuevamente en los hábitos de siempre, pero hasta ahora estoy completamente claro y alerta de que tengo que tener una vida mucho más tranquila. El corazón, ahí sí, siempre es mucho más reactivo a eso.

—¿Le costó conseguir un donante?

—No. España es el primer país del mundo en trasplantes y donación de órganos. Hay un sistema muy engrasado desde hace muchísimos años que es el que coordina a todas las personas que hayan dispuesto, antes de morir, la posibilidad de ser donantes. Incluso lo pueden aprobar sus familiares, si aquellos no lo dejaron por escrito. La donación es totalmente anónima. Hay unas características fisiológicas que tienen que coincidir entre el donante y el receptor. En mi caso, soy muy alto. Mido 1,82 metros, entonces no hay mucha gente con mi tipo de sangre y la capacidad torácica que yo tengo. Digamos que soy bastante ancho. Si a lo mejor yo hubiera medido 1,70 metros, hubiera tenido muchas más opciones de trasplante antes. Por eso es que tardé tanto en recibir un órgano. Estuve seis meses esperando en un hospital, por lo dañado que estaba ya mi otro corazón. Y esa es la historia.

El Nacional / NotiPrimicia

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