Hoy venimos a recordar a un personaje de la historia venezolana que no dejó en lo absoluto gratos recuerdos. Hablamos de José Tomás Boves quien naciera en Oviedo, Asturias, el 18 de septiembre de 1782, en el seno de una España gobernada por Carlos III. Hijo de un humilde empleado municipal fallecido cuando él apenas tenía cuatro años, Boves creció marcado por la pobreza; su madre, Manuela de la Iglesia, lavó y cosió para familias acomodadas a fin de sacar adelante a él y a sus dos hermanas.
A los doce años ingresó en el Real Instituto Asturiano, donde estudió Náutica y se graduó de piloto de segunda clase de la Marina Mercante, navegando por el Mediterráneo y participando en la batalla de Trafalgar en 1805. Boves por estas tierras del Caribe se metió a contrabandista y en una de esas andanzas fue apresado por tal delito y encerrado en el Castillo de Puerto Cabello. Los hermanos García Jove intercedieron por él y se le conmutó la pena por la de confinamiento en la Villa de Calabozo, una población del Llano.
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Al salir en libertad Boves se dedicó al negocio de ganado y caballos. Desde Calabozo recorrió los territorios más apartados, adquiriendo un conocimiento profundo del Llano y de sus gentes, capacidad que después favorecería sus acciones militares. Cuentan que a José Tomés Boves comenzaron a llamarlo el “Taita” que era sinonimo de “Padre” por el trato amable con sus hombres y mujeres de faena. Pero el juez de Calabozo, un tal Briceño, le desbarató su posición de comerciante honrado:
Lo procesó y fue encarcelado a la espera de lo peor. Afortunadamente lo liberó el teniente realista Antoñanza, que tomó por sorpresa la ciudad de Calabozo. Aquellos improperios recibidos injustamente transformaron a Boves en el enemigo más temible y sanguinario de Venezuela en toda su historia. Este hombre hecho a la usanza del llanero bravío, en agradecimiento a su libertador, se enroló en las fuerzas realistas y se convertiría en el azote de la Segunda República.
El 17 de junio de 1814, el «Taita» Boves, con su ejército de criollos, zambos, negros y pardos, en su entrada triunfal a Valencia, arrestó a los hermanos Medina; y con ellos montó desde el Cerro La Cruz un terrorífico espectáculo jamás olvidado por los valencianos. En aquel cerro para atemorizar a los mantuanos, Boves organizó una fiesta brava donde toro y matador fueron representados por los hermanos aprehendidos. Además, para honrar la palabra empeñada del perdón, invitó a la sociedad valenciana a un baile de gala. Nadie faltó esa noche, quizás pensando que era mejor asistir a la invitación que hacerle pensar que la ausencia podía justificar represalias por semejante desaire.
Boves fue el anfitrión de esa velada terrorífica. Brindaba y sonreía con las damas presentes. De pronto, ordenó separar los hombres de las mujeres y al ritmo de aquellas tonadas y joropos llaneros, al frente de la casa donde se realizaba el ágape, los patriotas fueron lanceados y fusilados. En medio de aquella matanza, tocaron un Piquirico de los que más le gustaba al León del Llano.
Tras la toma de Valencia, Boves derrotó a Bolívar en la segunda batalla de La Puerta el 15 de junio de 1814 y ocupó Caracas el 16 de julio, donde decretó un indulto inicial que pronto se convirtió en una orden de fusilamiento contra los considerados cómplices de la muerte de españoles. Su campaña fue decisiva para la caída de la Segunda República, aunque no llegó a gobernar el país, el 5 de diciembre de 1814, en la batalla de Urica, el «Taita» Boves encontró la muerte en combate, sellando con su sangre el fin de un ciclo de terror y lealtad absoluta a la Corona española.
Por Douglas Zabala
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