Sigue desaparecido pastor colombiano secuestrado hace un mes en el Táchira

Sobre Samuel Enrique Soto Salazar, sacerdote anglicano secuestrado en Táchira, nadie ha reivindicado el hecho. «Devuelvanlo con vida», es el llamado de su madre, Teresa Soto

por Dennys Bracho

Para los migrantes y desplazados colombianos, la casa de Samuel Enrique Salazar Soto siempre fue un refugio. Aquella habitación, ubicada en la Aldea “5 de Julio», zona rural de Capacho Viejo, estado Táchira, a pocos kilómetros del país hermano, siempre estaba repleta de gente en busca de ayuda; personas a quienes el conflicto armado dejó sin hogar ni tierra, que buscaban un plato de comida caliente o ayuda para tramitar sus papeles.

El mismo Samuel los acompañaba al registro civil, al consulado o a cualquier otra dependencia de la Administración Pública. Era tanta la gente que algunos desplazados terminaban ubicándose en una aledaña, la de Teresa Soto Castellanos, 74 años, madre de Samuel.

Para ella, la comunidad de Capacho Viejo es «como una familia». Vive allí desde hace 20 años y cuenta a NotiPrimicia que nunca ha tenido problemas. «Las puertas están siempre abiertas», decía. Y fue así hasta el pasado 26 de julio, cuando un grupo armado, aún no identificado, secuestró a Salazar Soto.

Al reverendo, de 51 años, lo interceptaron a dos kilómetros de su casa mientras transitaba en moto con un acompañante, que abandonaron kilómetros más adelante. «Todo esto es muy extraño —relata una vecina—. Samuel jamás metió a nadie en problemas; al contrario, siempre estuvo al lado de los más vulnerables, cubriendo vacíos institucionales clave en plena frontera colombo-venezolana».

 

@cristiancabreram♬ Rencontre avec Alexandre – Michel Legrand

Apenas se supo del secuestro, comisiones del Sebin y del Conas se presentaron en la vivienda de Teresa, al tiempo que el gobernador del Táchira, Freddy Bernal, prometía la activación inmediata de los cuerpos policiales. «Vamos a dar con los responsables y se hará justicia», aseguraba. Incluso su esposa, Karem Durán, anunció que visitaría a la familia. Pero desde entonces nadie volvió a dar la cara, con la sola excepción de los funcionarios de Inteligencia, que regresaron a la casa de Teresa para preguntarle a ella: «¿Tienen alguna novedad?».

Por parte del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia el desinterés fue similar: una llamada inicial a los familiares y más nada. Quienes sí han estado al frente son el Foro Internacional para las Víctimas, el Consejo Nacional de Paz, Reconciliación y Convivencia y otras organizaciones donde el líder religioso colaboraba.

«Exigimos a todos los grupos armados en Colombia que liberen a las personas retenidas, empezando por el pastor Salazar Soto», manifestaron los voceros religiosos del Consejo de Paz, pidiendo abrir «caminos de reconciliación».

Por su parte, la Unidad para las Víctimas de Colombia expresó su profunda preocupación por la desaparición de Salazar e instó a los gobiernos de Bogotá y Caracas a dar con su paradero y «garantizar el pleno respeto a su vida e integridad».

Estos llamados se unen al clamor de Teresa. «Por favor, ayúdenme a dar con Samuel sin recurrir a la violencia; para eso existen las mesas de diálogo». La madre de Soto se dirige además a quienes, en este mes, han privado de libertad a su hijo:

«Ustedes también tienen familia; no me dejen a mi hijo a la deriva en la nada». Con lágrimas en los ojos, añadió «nos hace una falta enorme en la casa. Él mantenía todo en orden: cuidaba a los nietos, alimentaba a las gallinas y atendía las plantas. Era un hombre incansable».

Teresa nos confiesa que el temor a la guerra siempre ha estado presente en su historia familiar. Ella misma es hija de colombianos exiliados que se asentaron en Capacho a mediados del Siglo XX huyendo de «La Violencia», ese período feroz desatado tras el magnicidio del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, hecho que terminó gestando la creación de guerrillas como las FARC, el ELN y el M-19.

 

A los once años Teresa regresó a Bogotá, pero volvería a dejar la capital colombiana siendo ya una adulta, por la seguridad de sus hijos –Samuel y su hermano–, entonces activistas sociales. Decisión tomada hace 24 años, justo cuando Álvaro Uribe Vélez asumió la presidencia bajo el lema «Mano Firme, Corazón Grande». Tiempos difíciles, aquellos, que vuelven a insinuarse en el país hermano.

NotiPrimicia/Cortesía Estefano Tamburrini/

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