Seguramente impactaría mucho saber que esa indignante noticia compartida recientemente entre familiares y amigos no buscaba «informar», sino usarlo a usted como moneda de cambio. En la era del mayor acceso a la información en la historia de la humanidad, fabricar mentiras se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos en todo el mundo. ¿Es la desinformación un fallo del sistema o es un producto exitoso y rentable en la economía actual?.
La desinformación como producto optimizado
La desinformación no es un error involuntario; es un producto 100% optimizado para generar ingresos. Según estimaciones de la organización Global Disinformation Index (GDI), la industria del engaño recibe anualmente más de dos mil 600 millones de dólares en ingresos publicitarios provenientes de marcas legítimas.
Aproximadamente el 27% de los ingresos de sitios conocidos por difundir desinformación electoral son facilitados directamente por las herramientas publicitarias de Google. De esta forma, las plataformas más grandes se convierten en «socios involuntarios» del negocio a través de la automatización de anuncios para los creadores de mentiras.
Según el estudio la brecha económica entre el periodismo y la mentira es alarmante:
● Fabricar una mentira no requiere de fuentes, investigadores, viajes ni llamadas; su precio es prácticamente inexistente.
● El periodismo de calidad es costoso, pues implica pagar a investigadores, editores, jefes de redacción y verificadores de datos.
● Un reportaje de investigación de 20,000$ puede atraer unas 50,000 vistas, mientras que una mentira de tan solo 5$ sobre un escándalo inventado puede atraer 1,000,000 de vistas.
El «Desorden Informativo» según Claire Wardle
Para profundizar en este fenómeno, es necesario acudir al marco teórico de la experta Claire Wardle. En su documento «Information Disorder», Wardle argumenta que el término «noticias falsas» es demasiado simple y propone una división en tres categorías según la intención y la veracidad:
1. Mis-information (Desinformación no intencionada): Información falsa que se comparte creyendo que es cierta, como un familiar difundiendo un remedio casero falso.
2. Dis-information (Desinformación deliberada): Información falsa creada específicamente para engañar y causar daño.
3. Mal-information (Información maliciosa): Datos basados en la realidad pero usados para dañar, como la filtración de fotos íntimas o correos privados.
La visión del periodismo
En este escenario adverso, la periodista Laura Salazar tiene una perspectiva de resistencia. Para ella, no se trata de una competencia directa, ya que la audiencia siempre buscará al medio verídico para comprobar la realidad.
«Un medio con años de experiencia, fuentes verificadas y nombres sobrevive, porque las noticias falsas desaparecen con la misma rapidez con la que surgen».
Salazar argumentó que. no ve a la Inteligencia Artificial (IA) como un rival, sino como una herramienta que ya están utilizando medios reconocidos para resumir datos. Sin embargo, advierte que las marcas suelen irse por lo viral antes que por lo verídico, aunque las «buenas marcas» terminan regresando a las fuentes confiables al notar el riesgo de la desinformación.
Veles, Macedonia: El epicentro de la fiebre del oro digital El negocio de la mentira tiene casos de éxito tangibles. En 2016, un grupo de adolescentes en Veles, Macedonia del Norte, descubrió que las noticias sobre la política estadounidense generaban un debate masivo.
Estos jóvenes no redactaban noticias; simplemente tomaban contenido de sitios aleatorios de EE. UU., les ponían titulares agresivos —como «El Papa Francisco apoya a Donald Trump»— y las subían a Facebook. Gracias a Google AdSense, este grupo lograba ganar 5,000$ mensuales en una zona donde el sueldo promedio era de apenas 400$. Este caso demostró que al sistema publicitario no le importa la veracidad, sino las interacciones y los clics.
El algoritmo como motor emocional y de vigilancia
El algoritmo de las redes sociales no busca la verdad, busca su tiempo. Mientras más tiempo pase el usuario en pantalla reaccionando, comentando o compartiendo, el sistema cumple su objetivo económico.
La psicóloga Maria Alejandra Diana explica que este fenómeno explota nuestra propia naturaleza:
● Ego y placer: «El ser humano es muy egocéntrico y siempre quiere tener la razón. Encontrar una noticia que confirma nuestros prejuicios nos genera placer, esté comprobado o no».
● Orgullo y dificultad de rectificación: «Es difícil reconocer que nos equivocamos. Por el mismo ego, cuando alguien nos dice que una noticia es falsa, nos cuesta admitir que lo que divulgamos nunca existió».
● Fatiga informativa: «Vivimos en una época de recompensa instantánea. Creemos todo lo que dice TikTok y no nos detenemos a investigar porque nuestro cerebro recibe gratificación inmediata al bajar y ver contenido nuevo».
A esto se suma lo que Shoshana Zuboff describe en «The Age of Surveillance Capitalism». Las plataformas ejercen una vigilancia constante, recolectando datos sobre los miedos, deseos y nivel socioeconómico del usuario. Esta información permite que el algoritmo envíe, por ejemplo, noticias falsas sobre desempleo específicamente a personas recién despedidas, influyendo en ellas en su momento de mayor vulnerabilidad psicológica.
El impacto social y el «nihilismo informativo»
El verdadero costo de este negocio no es económico, sino la salud y estabilidad de la población. Cuando la mentira es rentable y luce verdadera, surge el «nihilismo informativo»: el ciudadano promedio deja de creer en todo, incluso en las fuentes legítimas.
Esto genera una fragmentación social donde los vecinos ya no comparten un mundo común, sino realidades distorsionadas por algoritmos diferentes. El impacto es real: personas que rechazan vacunas o tratamientos médicos basados en noticias falsas diseñadas para generar indignación.
Mientras el bolsillo de los mentirosos se incrementa, la salud de los lectores empeora.
Un usuario de redes sociales relata cómo creyó una noticia falsa sobre el reclutamiento de niños debido al lenguaje alarmista utilizado.
«La compartí en WhatsApp para prevenir a mis familiares y amigos que tienen hijos», afirma. Su mensaje para los creadores de estas mentiras es claro: «Deberían pensar en las consecuencias y la desestabilización familiar que generan. Deben ser conscientes con lo que escriben».
¿Es posible regular el «agua» de la tubería?
Existe un intenso debate legal sobre las empresas que permiten este tráfico de mentiras. Las tecnológicas se defienden alegando que ellas solo ponen la «tubería» y no son responsables del «agua» (el contenido). Sin embargo, reducir el contenido a solo noticias verdaderas afectaría sus interacciones y, por ende, su poder adquisitivo.
Si los anuncios de marcas globales desaparecieran de los sitios de desinformación, el negocio colapsaría por sí solo. Organizaciones como el GDI luchan por exponer estos sitios para que los anunciantes retiren su inversión, pero la batalla es cuesta arriba mientras las empresas globales no asuman su responsabilidad.
Recuperar el valor de la verdad
La desinformación no es un accidente, es una industria organizada donde lo agresivo e indignante es lo que más genera. El periodismo tradicional vive en una desventaja constante, pues informar con la verdad es un proceso largo y caro.
La solución requiere educar al usuario para que aprenda a «disciplinar» su cerebro. Debe mantenerse siempre alejado de la «economía de la atención» y entender que cada comentario o reacción alimenta un algoritmo que solo busca su indignación. Es imperativo que la verdad recupere su valor económico porque, como sentencia la investigación: «Es más barato engañar a un millón de personas que informar correctamente a mil».
Texto: Samuel Añez, estudiante de la cátedra Redacción y Estilo Periodístico II de la URBE
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