Gustavo Medina atiende su local de variedades, “La bendición de Dios”, en la avenida principal de Cuatricentenario. Lo acompañan una taza de café y su silla de ruedas hecha con mimbre plástico. Es hora pico y el tráfico es tremendo. Los carros intentan ahogar su parlante en el que la canción “Año nuevo” suena con resistencia. Varias personas pasan y lo saludan. “Varón de Dios”; “Hola, mi amor”, le dicen. Aunque la polio le dificulte mover el resto de su cuerpo, Gustavito, como es conocido en el sector, responde con una sonrisa y un movimiento de cabeza.
Trajo su mercancía a la empresa “Multiquímicos Maracaibo 2023” hace cuatro años y desde entonces trabaja en el mismo local, luego de atravesar percances en otra locación cercana al sitio. Su rutina comprende llegar a las 7.00 de la mañana, abrir el local con la ayuda del joven hijo de una amiga, Alexander Martínez, trabajar hasta la 1.00 de la tarde y regresar a casa a descansar.
Puede leer: Crónica: 33 años después del 27N
“Mi vida, a pesar de todo, para mantenerla cuesta algo. Tengo que pagarle al que me hace transporte, el que me ayuda a bañarme, a todos, y todo eso lo consigo yo mismo porque no tengo ayuda de ningún lado”, explica.
Pero para Gustavo Medina, a sus 57 años, nada es impedimento para trabajar honradamente.
Primeros años
Medina se acomoda en su silla. Al ofrecérsele ayuda, responde con una negativa: “No me gusta”, dice sonriendo. Cuenta entonces que nació el 9 de mayo de 1968 en Maracaibo y que, desde entonces, nunca ha salido del Zulia.
Caminó a los nueve meses, y a los tres años la polio llegó a su vida. “No lo recuerdo, es algo que me contaba mi madre”, explica. Pero después de los ocho años tiene memoria de todo: “Mi cuerpo se deformó a través de los años. Se me debilitó la columna, he perdido la fuerza. Pero gracias a Dios me siento muy activo”.
Para Medina, su adolescencia es un tesoro de la memoria. Sus días se pasaban jugando metras, trompo y petaca “con los vecinos de la barriada”. Su condición física no era un impedimento para recrearse: “Nunca me cohibí de nada”, asegura.
Papá, mamá
Medina hace una pausa, quizá porque el ruido de la calle es mucho o porque el recuerdo requiere del silencio para poder verbalizarse. Su padre, hasta donde su memoria permite recordarle, fue un chofer y lo conoció hasta los 10 años. Su madre, por otra parte, lo acompañó hasta los 24 años, cuando falleció debido a la artritis. Medina narra que trabajaba lavando y planchando “para mantearme a mí y a mis hermanos, éramos seis en total”.
El fallecimiento de su madre marcó un antes y un después en su vida: “Mi madre para mí fue lo más grande, hasta que yo cumplí 24 años, que fue, como dice la canción, mi debut y mi despedida. Mi despedida con mi madre porque murió. Y mi debut porque en esos meses empecé a trabajar”.
“Para mí no es impedimento”
Alguien camina por la acera y lo saluda, pero la interrupción no parece molestarlo. Medina es bien conocido en el sector, por lo que las salutaciones son pan de cada día. Cuando se le pregunta sobre si la polio en algún momento fue importante para él, Medina responde alzando las cejas y asegura que en ningún momento, que nunca le prestó atención.
“Si fuera como otras personas, que se les afecta un brazo y viven muriéndose porque les falta… Yo me relacioné con los muchachos de la calle. Es más, yo me sentía igual que ellos. Igualito. Y a medida que fui conociendo más personas, me fui relacionando más. Y me mantenía, qué sé yo, en las playas, en los ríos, en piscinas. Yo hacía cosas con mis amigos que cualquier discapacitado no las hacía”
Para Medina los obstáculos son inexistentes. “Si yo veo que no puedo hacer algo con la izquierda, voy y lo trato de solucionar con la derecha. Para mí no es impedimento”, asegura y remata: “Nunca para atrás, siempre para delante”.

El local
El puesto de Medina es variado. En su vitrina se exhiben dulces, un termo de café, aparatos electrónicos, cigarrillos, encendedores y demás objetos. A pesar de que las galletas Oreo y Festival tienen un papel protagónico, a Medina muy poco le gusta el dulce. Sin embargo, otra mercancía como el café, los pendrives con música y los cigarrillos reflejan muy bien sus intereses.
Medina es un amante del café al “cien por ciento”, lo que explica la taza plástica que siempre le hace compañía. Al preguntársele sobre sus gustos musicales, su respuesta es inmediata: “Para mí la mejor música fue la de los 80’s. Todo lo que salía en los 80’s era un temazo. No importaba si era vallenato, merengue… Pero para mí la balada, la música romántica, el vallenato, todo tipo, porque hasta la llanera era la mejor. Estoy hablando de Reinaldo Alma, Freddy López…”.
Junto a un paquete de CD’s de vallenato, unas cajas de cigarrillos Time reposan acompañadas de un encendedor. Sobre si disfruta fumar, responde con una sonrisa, la cual revela una reflexión que, seguramente, elaboró hace mucho tiempo: “Te voy a decir algo. Uno a veces dice: ‘Dios, quítame este vicio’. Pero eso es mentira porque Dios te va a contestar: ‘¿Yo te lo puse?” Yo te di vida y salud, mas no te puse un vicio’. Por eso ese vicio tiene que arrancárselo uno mismo”.
La estela del trabajo
El camino laboral de Medina es mucho más extenso que la estela del humo de un cigarro. Llegó a su locación actual hace unos cuatro años como cliente inicialmente, sin saber que sería su nuevo lugar de trabajo.
“Llegué comprando jabón, después el dueño me lo fue regalando. Traté de venir menos porque no me gusta que me regalen las cosas. Hasta que sufrí un pequeño percance. Trabajaba como a 50 metros de aquí y me robaron una mercancía. Entonces el dueño me dijo que me viniera para acá”.
Sin embargo, para Medina nada es una tragedia y, mucho menos, casualidad: “Uno no está donde uno quiere, sino donde Dios lo manda a uno. Dios no quería que yo estuviera allá. Por algo yo le puse al negocio ‘La bendición de Dios’, porque todo ha fluido por bendición y espero que Dios me siga bendiciendo”.
Evolución
Al contemplar su mercancía, Medina refiere los inicios de su puesto: “Yo me inicié en la Circunvalación 2. Hace años había un local grande llamado Comercial FIA, al frente estaban los parrilleros, como a unos 100 metros del parque”.
Medina tenía para entonces 24 años. “Comenzé a trabajar un 4 de febrero y mi mamá murió un 24 de marzo. Comencé con un termo de café, unos cigarritos, chuchería y fui agrandando. Trabajaba de 5.00 de la tarde hasta las 6.00 de la mañana”.
Así mismo, recuerda con cariño una mano amiga: “Había un chofer, un señor amigo mío, que era como un padre para mí y que hacía transporte. Él me ayudaba llevándome para allá en su carro. No me cobraba, me ayudaba mucho. Y allí comencé a trabajar”.
Para Medina, trabajar de noche no era nada distinto a trabajar de día. Sin embargo, señala que el ambiente era diferente: “No tenía nada relacionado con Dios. Y eso era… bueno, una vida muy mujeriega. Mujeres, beber por todos lados…”. El tono de su voz y un ligero arqueo de su boca denota que esos años son parte de una antigüedad no retornable.
Dios y el llamado
Anteriormente, para Medina los fines de semana significaban “ir a una piscina y tomarse unas cervezas”, pero eso forma parte de un pasado que murió para él.
Medina afirma que para él Dios antes era insignificante y que no sabía nada de él, pero desde que asistió a una célula al lado de su casa su visión de la vida cambió por completo.
“Estábamos reunidos y mi oración se desvió y entonces yo empecé a pedirle mentalmente a Dios por mí, que me ayudara. Y mayor fue la sorpresa cuando vi que el copastor se voltea hacia mí, se inclina y me dice estas palabras: ‘Yo nunca te he abandonado, yo siempre he estado contigo, te he dejado un Espíritu Santo que te cuida’. Y se me salieron unas lágrimas. Desde ese momento yo siento que Dios se ha apoderado de mí”.
Ahora, refiere Medina, Dios es lo más importante para él. En una reflexión digna de un tratado teológico, explica que se dio cuenta de que “Dios sin mí es el mismo Dios, pero yo sin Dios no soy nada, quedo en el anonimato”.
Medina nunca se enfermó de COVID, pero después de la pandemia “quedó en blanco”. Sin embargo, se siente agradecido con Dios por haberlo “sacado de lo bajo” y haberlo bendecido. De allí el nombre de su local: “La bendición de Dios”.
Motivación
Medina se ríe y dice que siente que nació con la dosis del trabajo en su cerebro: “Trabajar me ha motivado mucho. Yo no me hallo sin hacer nada. Primero, porque no me gusta estar atenido a nadie; y segundo, porque me gusta tener mis cosas personales y no estarle pidiendo a nadie, comprar mis cauchitos nuevos, que ya tengo que comprarlos…”.
Así mismo, recuerda que, mucho antes de que empezase a trabajar, por su casa se organizaba una “miniteca”. Su madre lo ayudaba dándole dinero con el que compraba un cartón de cigarros. Su primer trabajo fue entonces sentarse en las puertas del lugar para vender cigarrillos, además de una caja de refrescos.
Mayor deseo
Para Medina, su mayor deseo es que Dios le dé tranquilidad: “Yo solamente le pido a mi Dios que me tenga así estable, que no me falte nada”.
Él se enorgullece de tener un estilo de vida simple y sencillo. Los excesos quedaron oficialmente en su pasado: “No quiero dinero en abundancia, no. Porque el dinero es una codicia que corrompe. Sino que me dé para mantener mis gastos., que me ayude a bañarme. Que Dios me mantenga ahí estable. No quiero ni carro, nada, nada. Y tener siempre mi cuartico donde dormir tranquilo, relajado”.
“Hasta la vista, baby”
Al preguntársele sobre qué le diría a su yo del pasado, Medina se sonríe y responde: “Hasta la vista, baby”. Sin embargo, afirma que hay momentos que recuerda y que es “como cuando vos dejáis de ver un amigo por años y de pronto lo volvéis a ver. Sentís una alegría por dentro. Así mismo es el recuerdo de las cosas que viviste y es algo que no se puede borrar, pues son recuerdos”.
Sobre el futuro, medina medita un segundo, observa la calle y su taza de café. Entonces responde: “No me gusta predecir el futuro, yo dejo que llegue. Lo que el Señor me ponga en el futuro, bienvenido será”.
La prevención
Para Medina, la maternidad no solo consiste en tener un hijo, sino también de hacerse cargo de su futuro y cuidarlo. Refiere que una vez dio una charla a madres embarazadas: “Les pedí que al tener a su bebé tengan mucha conciencia por lo que me pasó a mí, que por falta de unas gotitas que se le ponen a uno en la boca me ocurrió lo que me ocurrió”.
Medina señala tanto la necesidad como la inexperiencia como factores que contribuyen a que adolescentes desarrollen un embarazo. “No digo que no lo hagan, pero cuídense. Y si traen al hijo tengan responsabilidad propia”.
Existir como acto de valentía
El mayor consejo de Medina es nunca cohibirse. Explica que por algún problema hay personas que “se lanzan al anonimato”, pero que lo más importante siempre es ser real y darse a conocer.
“Yo siempre he tratado de ser el ejemplo, de dar a relucir que yo no soy solamente aquel que se ve sentado en la silla de ruedas. Sin conocerme, pueden pensar cosas malas de mí. Pero hay personas que llegan y me han dicho: ‘Yo siempre he pasado por aquí, te he visto, pero no pensé que eras así hasta ahora que estoy hablando contigo’; porque ya me están empezando a conocer a fondo”, explica.
De la misma forma, afirma que es fiel creyente de que lo más importante es ser uno mismo: “¿Para qué vais a reflejar algo que no tenéis? Claro. Si me van a querer en mi forma de ser, bien recibido es el amor. Pero ahora, ¿voy a aparentar lo que no soy? Igualito se va a descubrir en un momento u otro. Vamos a ser lo que somos desde el principio. Si nos van a juzgar, que nos juzguen como es”.
Medina cierra afirmando que el trabajar honra siempre. “Lo que me deshonraría a mí es pedir. Que mi necesidad se presta, pero mi mente no: mi cuerpo se presta para yo salir a pedir, pero mi mente me dice: ‘No, vos no naciste ese día’.
Texto: Walver Perozo estudiante de la cátedra de Géneros Interpretativos de la URBE
Manténgase conectado e informado en cada una de nuestras plataformas: