Algunos buenos y queridos amigos del centro político en Venezuela me escriben que mi acompañamiento al gobierno de Delcy Rodríguez, en la confianza de que se inicia un nuevo momento político, es un mero acto de fe. Desde mi exilio aquí, frente al mar Adriático, en la ciudad de Dubrovnik, suelo contestarles en largas diatribas epistemolóficas. Lo primero que les he recalcado es que en nada desmerece que así fuese. Los grandes proyectos políticos y los grandes cambios en la historia se producen porque hay actos de fe.
Cuando Mahatma Gandhi, el Alma Grande, inició su travesía de 386 kilómetros desde el Ashram de Sabarmati hasta la costa del mar en Dandi en el Gujarat, para recoger en su mano un puñado de sal desafiando la ley británica, reivindicando así la independencia de la India, ¿no era un acto de fe?
Cuando Churchill anunció que sólo ofrecía «sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo», y prometió que así vencería la amenaza nazi, que arrollaba en la Europa continental, ¿no apelaba a un acto de fe?
Cuando los negros en EEUU cantaban por las calles de Birmingham o Washington We shall overcome (nosotros venceremos), ¿no había un acto de fe?
Tal vez se trate de eso que Gramsci llamó utopía concreta… que no es un delirio sino un sueño convertido en posibilidad real.
Pero mi apoyo al gobierno de Delcy Rodríguez, que el 4 de enero podía ser sólo una apuesta tal vez improbable, tiene ya hoy, siete meses después, una apoyatura firme en hechos concretos . Veamos:
*Liberación de más de 1.000 presos políticos. Se señala que faltan liberaciones seguramente necesarias. Pero ésta tarea pour accomplir no desmerece en nada la ya cumplida. Como dijo alguien, lo trascendente de un plan de cambio y reforma no es su velocidad sino su rumbo.
Desjudialización de ¡10.000! compatriotas... cifra insólita, por cierto… que estaban sometidos a estos castigos preventivos, a este laberinto kafkiano de persecución judicial.
Todo lo anterior mediante una Ley de Amnistía, imperfecta, tal vez, pero que la sociedad (comenzando por la oposición) reclamó por años.
Progresiva superación de la identidad de símbolos partidistas con los del Estado y la nación. No es poca cosa, pues trátase de un signo característico de los regímenes de partido-Estado. Yo lo tomo como una declaración de intención. Incluyendo la atenuación severa en la adoración mítica del caudillo providencial. Imágenes de los Libertadores pero cada vez menos la de Chávez, que no es un símbolo de la nación sino de una aislada bandería política.
Censura explícita a «los radicalismos«, en plural (no en singular, como es hábito de la embrutecedora polarización que hemos padecido por tantos, tantos años). Así fue dicho por la Presidenta, cuando les atribuyó ser causa de la disolución de las bases de la república. Cuestionar a los dos extremismos ubica a este gobierno donde Aristóteles dijo que estaba la virtud: «el justo medio entre dos extremos viciosos», el mismo centro que Bolívar en su Carta de Jamaica pidió a sus contemporáneos hispanoamericanos buscar «entre extremos opuestos… anarquías demagógicas o tiranías monócratas».
Levantamiento de prohibiciones diversas a varios medios digitales.
El testimonio emblemático de la reunión de la Presidenta con Human Rights Watch, organización de ddhh expulsada del país en 2008 por el presidente Hugo Chávez.
Aprobación de medidas económicas claramente contrarias al estatismo populista que, desde nuestros cepalistas años 60 hasta el éxtasis revolucionario más reciente, devastó nuestra economía, creando empresas inviables, propiciando la improductividad, destruyendo nuestras ventajas compartivas y competitivas, y endeudándonos criminalmente. Requeridas por la oposición durante años, no se entiende cómo ahora algunos oposicionistas patológicos las observan con desconfianza. Son emblema las aperturas que se animan en hidrocarburos y minas, pero en general es muy clara la voluntad anunciada de equilibrar la responsabilidad social con la iniciativa privada, de lo que depende el crecimiento, el abatimiento de la inflación, la re-salarización del trabajo y re-valorización de nuestras pensiones y prestaciones, y la futura prosperidad para todos. Hago mía la frase de la Presidenta: «Todo es privatizable excepto PDVSA». Ni los marxistas trasnochados ni los liberales dogmáticos tienen cabida cuando se propicia una economía social de mercado con un vigoroso Estado de bienestar: aquí el camino, aquí la promesa.
El reconocimiento -creo que por primera vez en muchos años– de que en esta materia quienes han gobernado cometieron graves errores… que se testimonia querer corregir. Así fue admitido con supremo y admirable coraje por la Presidenta cuando denunció que la asignación a saco roto, a espuertas, echando mano de una riqueza petrolera temperamental de ¡5 millones! de pensiones del IVSS… la mayoría sin cotización alguna… destruyó la seguridad pensional de los venezolanos.
La recomposición (vitalísima para los venezolanos y estúpidamente quebrantada en las últimas décadas) de nuestra relación con los organismos multilaterales: el FMI, el BM , el BID, lo que acaba de ser refrendado en Nueva York.
La designación de actores políticos de oposición moderada, o, en todo caso, del centro político, en posiciones de Estado: Óliver Blanco en el Viceministerio de Relaciones Exteriores, Eglée González Lobato en la Defensoría del Pueblo (de la que esperamos más voz en defensa de la gente), Alejandro Puglia en el Centro Internacional de Inversiones Productivas, y embajadores como Timoteo Zambrano en España y Enrique Ochoa Antich en Suiza. Podrá discreparse de sus posturas políticas pero nadie puede discutir que se trata de designaciones out of the box, más allá del recuadro estricto del partido-Estado que progresivamente comienza a quedar atrás.
*Y, last but not least, el viraje geopolítico de 180°. Hecho a los trancazos, es cierto, dolorosa y penosamente. Pudimos hacerlo por propia voluntad, pero se nos fueron los años en confiscaciones, diatribas, desplantes infecundos. Denostando, ultrajando, injuriando. Pero en fin, luego del infame acto del 3E, el hecho práctico es que regresamos a la fáctica colocación geopolítica de donde nunca debimos haber salido: una que constata la supremacía militar y económica de la principal potencia mundial, hegemón de Occidente, y procura la negociación política, diplomática y de intercambio económico y comercial que, reconstruyendo nuestras capacidades productivas e institucionales, nos permita reconquistar y recomponer los niveles de soberanía que, sin los desplantes anti-estadounidenses recientes, alguna vez tuvimos. Es decir, una soberanía necesariamente relativa, como por lo demás es la de todas las naciones porque no es verdad que existan soberanías absolutas; es decir, con y no sin, ni mucho menos contra los Estados Unidos. Todo lo cual queda refrendado por el reciente encuentro de ayer entre la Presidenta Delcy Rodríguez y el presidente Trump en Nueva York. Leo las redes, plagadas de improperios, y observo que los extremistas de lado y lado, de derecha y de izquierda, se cocinan en la salsa de su reconcomio y de su envidia, que nunca son buenas consejeras.
Ciego tiene que ser quien no reconozca que estamos montados en los rieles del cambio. Y como le dijo Patricia Bullrich al amigo Agustín Berríos, lo que en estos casos importa es el rumbo y no tanto la velocidad de los cambios. Existen los catastrofistas de buena fe que sólo ven oscuros nubarrones en nuestro futuro. Existen los reconcomiados, devorados por su insatisfecha codicia de poder, cocinados en la salsa de su envidia, consumidos en su amargura, sólo porque no son ellos los que hacen lo que la Presidenta está haciendo.
Pero están también los millones que aguardan con cautela, que dan en sus corazones una oportunidad a la luz de la esperanza, y que observan en la Jefa del Estado su desprecio por los algoritmos (como les he leído al más alto gobierno), poseída como está de la misión histórica que tiene en sus manos, la de llevar adelante los cambios que el país necesita pues no tenemos otro camino si queremos salvar la república y dignificar nuestro gentilicio e historia, a sabiendas de que lo demás es puro gamelote clientilista cuyas bases materiales estructurales son insostenibles, y conciente de que sólo un país productivo y pujante, imbricado al curso de la economía planetaria, puede ser recinto para la libertad y la democracia plena, representativa y participativa, que nos merecemos.
Que los esperanzados prevalezcan. Que el nuevo momento político ofrezca sus frutos y que éstos sean perdurables.
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